miércoles, marzo 09, 2005

Investigación / Alejandro Magno

Alejandro El Magno

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“El mismo día que nació, se incendió el templo consagrado a Diana en Êfeso, esto hizo que los adivinos presagiaran una considerable ruina que alcanzaría todo el oriente”.
Alejandro nació en Pella la antigua capital de Macedonia el año 356 AC y falleció en Babilonia el 323 AC. Pella se encuentra en la región de Macedonia en la actual Grecia. En la época del Imperio macedonio y durante su mayor esplendor, fue su capital. Antes, al principio de la historia de Macedonia, la capital había sido Aigai o Egas, la actual Vergina. El rey Arquelao de Macedonia (413-393 adC) abandonó esta antigua ciudad para construirse no muy lejos un palacio que mandó decorar al gran pintor griego Zeuxis. Así nació Pella. Durante estos años de gran auge y esplendor Pella fue un centro de cultura famoso en todo el mundo conocido. Todos los artistas destacados se daban cita en esta ciudad. Eurípides estrenó en ella sus mejores obras de teatro y aquí murió, y el pintor Apeles también trabajaba allí. También el arte del mosaico tuvo su sede en esta ciudad. Eran mosaicos construidos con guijarros de colores de matices muy delicados que creaban unas composiciones de figuras muy bellas. Suelen ser con un fondo oscuro y el resto en tonos claros. Están delimitados por tiras de plomo o de cerámica.
A finales del siglo III adC estos guijarros fueron sustituidos por teselas de vidrio. En 1956 se hicieron excavaciones que descubrieron el centro de esta antigua ciudad y salieron a la luz pisos de casas hechos de mosaico con escenas mitológicas en la mayoría de los casos. En esta ciudad nacieron Filipo II de Macedonia y su hijo Alejandro Magno, educado por el gran Aristóteles que fue otro huésped ilustre de la ciudad. Por la ciudad de Pella pasaba la vía Egnacia, antigua vía romana de la segunda mitad del siglo II ad, que cruzaba la península de los Balcanes desde el mar Adriático hasta Bizancio (hoy Estambul, en Turquía). Rey de Macedonia desde el 336 hasta el 323 antes de Cristo, hijo de Filipo II, rey de Macedonia, y de Olimpia, princesa de Epiro. Aristóteles fue su tutor, enseñándole retórica y literatura, y estimuló su interés por la ciencia, la medicina y la filosofía. Tuvo estimación por la obra de Homero.

A) Maestros de Alejandro Magno
ARISTÓTELES.
Las filosofías de Platón y de Aristóteles marcan actitudes netamente distintas, cuyo profundo influjo se prolonga en la historia del pensamiento, hasta nuestros días. Y seguirá. Se trata de dos espíritus y dos actitudes diferentes ante la realidad. No cabe armonizarlos, porque resulta mezcla absurda. El esfuerzo extraordinario de Platón queda invalidado por el uso de método equivocado y la aceptación de premisas sin fundamento. Aristóteles adopta método diferente, basado en la realidad, que comprendió como pocas personas, y alcanzó así valiosos resultados. Aristóteles en cierto modo retorna al método socrático en su verdadero sentido ascendente, partiendo de la realidad de los individuos sustanciales del mundo físico. Sobre ellos construye las ciencias en el orden lógico hasta alcanzar, por pasos bien fundados, la única realidad trascendente que es Dios. Revaloriza la experiencia sensible, combinada con firme confianza en el poder universalizador de la razón, fundamentos de su vigoroso realismo. Platón es brillante, con lo que ha atraído a muchos. Pero Aristóteles, más sencillo, alcanza mayor sabiduría en el conocimiento de la realidad. Aristóteles discrepó de su maestro. También en el plano moral y político. Basta recordar, en síntesis, el concepto aristotélico de la vida feliz, que aúna ética y política, a partir del admirable carácter racional-social del hombre: necesita de otros y disfruta con ellos y así por naturaleza vive en la Polis: sociedad dinámica perfecta, cuya finalidad es no el simple vivir, sino el vivir bien (la calidad de la vida), las buenas acciones, por lo que la ciudad ha de ser feliz y próspera. Ello, por supuesto, siempre que se entienda que [...] "es imposible que les vaya bien a los que no obran bien, y no hay obra buena, ni del individuo ni de la ciudad, fuera de la virtud..." Aristóteles coloca la política bajo la salvaguardia de la ética, al establecer que la virtud es el fin y el ideal a que debe aspirar la Polis.
Aristóteles nació en Estagira (hoy Stavró). Fue hijo de Nicómaco, médico de Amintas II, rey de Macedonia, originario de Messenia, y de Phaestis o Féstide, procedente de Calcis (Eubea). Durante su infancia vivió probablemente en Pella, residencia de la corte de Macedonia. Perdió sus padres siendo aún muy niño, y quedó a cargo de su tutor, Próxeno de Atarneo, quien a los diecisiete años (368) lo envió a Atenas para completar su educación. Ingresó en la Academia de Platón, permaneciendo en ella veinte años, hasta la muerte de su maestro. Bien fuese por rivalidad con Espeusipo, sobrino de Platón, a quien éste dejó la dirección de la Academia, o por la exaltación del sentimiento antimacedónico después de la caída de Olinto, instigado por la elocuencia de Demóstenes, Aristóteles se ausentó de Atenas junto con su amigo Jenócrates, refugiándose en Assos, en la costa de Misia (Tróade). Allí se reunieron con otros platónicos, como Erasto y su hijo Corisco de Skepsis, constituyendo un grupo que puede considerarse como filial de la Academia. Permaneció en Assos tres años (347-344), entablando estrecha amistad con Hermías, señor de Atarneo y Assos, que había logrado crear un pequeño Estado independiente y que compartía con Filipo el ideal de una unificación helénica para luchar contra el poderío persa. Aristóteles contrajo matrimonio con Pythia, sobrina e hija adoptiva de Hermías, de la que tuvo una hija, a la que puso el mismo nombre de su madre. Hermías fue derrotado por los persas y crucificado (341). Al morir envió a sus amigos este mensaje: "Decidles que no he hecho nada indigno de la Filosofía". Aristóteles le dedicó un epitafio en verso.
De Assos pasó a Mitilene, en la isla de Lesbos, donde permaneció en compañía de Jenócrates y Teofrasto desde 344 a 342. En esta fecha aceptó la invitación de Filipo de Macedonia para que se encargara de la educación de su hijo Alejandro, que contaba entonces trece años. Alejandro reedificó Estagira, destruida por Filipo en 348 y le enviaba a su maestro material para sus estudios de Historia natural y grandes cantidades de dinero para sus investigaciones (se cita la cifra elevadísima de 800 talentos). Pero esas relaciones se enfriaron después de la muerte de Calístenes, sobrino del filósofo, que acompañaba a Alejandro como historiógrafo (327), y que Aristóteles nunca le perdonó.
Es probable que Aristóteles formase a su discípulo en los principios de la política realista de Hermías y en el concepto de lo que la unión de todos los griegos podría significar para una empresa común. "Si la raza helena pudiera fundirse en un solo Estado, dominaría el mundo". Pero nunca compartió las aspiraciones universalistas de Alejandro, considerando absurda la fusión de helenos y persas en un plano de igualdad. Tampoco llegó a comprender la transformación revolucionaria que implicaba el concepto imperial de Alejandro respecto de la Polis helénica tradicional. En este sentido, la política de Aristóteles, basada en el antiguo concepto de Estado-Ciudad, queda retrasada respecto de la nueva modalidad política que se acaba de iniciar. Terminada su misión educadora con Alejandro, regresó Aristóteles a Atenas, tras breve estancia en Estagira (336-335). Abrió escuela propia en unos terrenos fuera de las murallas, al lado opuesto de la Academia, entre el monte Licabeto y el río Ilisos, en las proximidades de un templo dedicado a Apolo Likaios, de donde recibió el nombre de Liceo (Lykeion). Bien fuese por estar dotada de un paseo o por la costumbre de enseñar paseando, fue designada con el calificativo de Peripatos, y sus escolares, "peripatéticos".
Aristóteles organizó la enseñanza dando clases matutinas para sus discípulos y vespertinas para un público más amplio. Después de su muerte el Liceo fue ampliado bajo Teofrasto, con nuevos terrenos cedidos por Demetrio de Pháleron, con dos pórticos cubiertos y jardines (310). Más tarde fue saqueado por Filipo V de Macedonia en el año 300 y arrasado por Sila en 86 antes de Jesucristo.
Al morir Alejandro (13 de julio de 323) resurgió en Atenas la hostilidad contra el partido macedónico, instigada por la elocuencia de Demóstenes. Aristóteles fue acusado por Demófilos de macedonismo y asebeia. Tal vez se unió a esto la rivalidad de los académicos y de los discípulos de Isócrates. Para evitar mayores males, se retiró a Calcis (Eubea), donde poseía una finca heredada de su madre. Al salir de Atenas dijo irónicamente que no quería que los atenienses pecaran por segunda vez contra la Filosofía. Murió al año siguiente de una enfermedad de estómago (322). Se conserva su testamento, en que ordena dar libertad a sus esclavos y que su cuerpo fuese sepultado junto al de su primera mujer. De su hetaira Herpyllis, con la que estuvo unido legalmente, aunque no por matrimonio, tuvo a Nicómaco, que murió muy joven en la guerra. A los estudios de F. Etudniczka se debe la identificación, con bastante probabilidad, del retrato del filósofo.
Lista de obras de Aristóteles según orden cronológico
1. Del período inicial, que coincide prácticamente con la primera estancia suya en Atenas, hasta el año 347: Dos diálogos: Eudemo (o Sobre el alma) y Protréptico. Tópicos; Elencos Sofísticos; quizá Las Categorías (probablemente obra auténtica), La Física (con excepción del libro VIII) y algunos otros pequeños opúsculos físicos (Sobre el cielo, Sobre la generación y la corrupción).
Del período de los viajes (del año 347 al 330, más o menos) - viaja a Assos, a Pella, y permanece en Atenas unos años por segunda vez:
Historia de los animales - y algunos pequeños opúsculos sobre los animales.
Pequeñas obras sobre los seres naturales.
Los analíticos primeros y postreros.
Sobre la Filosofía.
Parte de los libros de Metafísica.
Ética Eudemo y Ética a Nicómaco.
Parte de la Política.
2. Período último (cerca del año 330 al 322 o 23), que son los últimos años de su estancia en Atenas:
El resto de la Política.
El resto de las pequeñas Obras sobre los Seres Naturales.
El resto de los libros de Metafísica.
El libro VIII de La Física.
Sobre el Alma libro III.
Sobre la Interpretación.
Algunos breves opúsculos sobre los animales.
Retórica.
ISÓCRATES.
Los sistemas ideológicos en que están inmersos los seres humanos determinan sus comportamientos, sean estos coherentes o no. No vamos a aproximarnos en absoluto a la ideología Alejandro de forma global. Sí que será una aproximación fraccionada, inconclusa; hemos elegido las imágenes que nos ofrece de ella su contacto con los filósofos de su época. La conquista del imperio Persa, está animada, por las ideas de Isócrates (-436/- 338),se trata de una “cruzada” panhelénica, que debe tener como base la unión de todos los griegos. Filipo, toma estos principios como inamovible base de sus acciones. En principio esas serán las ideas del joven embajador Alejandro cuando hace su entrada en Atenas después de Queronea. En principio Isócrates pretendía regenerar el tejido social griego, mediante la consolidación de una cultura que creía superior. La educación de las nuevas generaciones se volvía fundamental sobre la base de la cultura griega común, para ello era preciso que Atenas se convirtiera en fuerza hegemónica. La misión histórica que Atenas debía llevar a cabo era doble, de una parte unificar Grecia y de otra vengar los continuos agravios que los Persas habían producido a lo largo de la historia. Esto llevaba consigo la liberación de todas las ciudades griegas en dominio de los persas: las ciudades griegas de Asia Menor. Al final de sus días esta esperanza había muerto, al menos, el que Atenas lo pudiera llevar a cabo. El dinero Persa compraba voluntades. Isócrates no era un utópico al modo de Platón. Era un pensador con los pies en el suelo, y su nacionalismo panhelénico pronto se materializó en Filipo II, con el que mantuvo activa correspondencia. El plan estratégico de Filipo en Grecia y sus futuros planes en cuanto a Persia se alimentarán de las ideas de Isócrates: “ Tú eres el único que ha recibido de la fortuna el poder de enviar embajadores a quien tu quieres, de recibir a quien te place, de decir lo que juzgas útil, además de que posees una riqueza y un poder que ningún griego puede alcanzar, necesarios para lo que diré. Te aconsejo establecer la unión entre los griegos y emprender la expedición contra los Bárbaros; hacia los griegos la persuasión es útil, hacia los persas conviene la fuerza. (...) Digo que es preciso que seas el benefactor de los griegos, el rey de los macedonios, el amo del mayor número posible de bárbaros.” (Isócrates, Filipo, 15 y 154). Pero como todas las ideas éstas tienen un génesis y un fin. No cabe duda que las ideas de Isócrates, compartidas por Aristóteles, son la culminación de la justificación imperialista que animaba al estado macedonio. Cuando hablo de imperialismo, no quiero decir otra cosa que creación de un imperio a partir de otros pueblos ajenos al propio estado macedonio. Mario Vegetti, realiza un exhaustivo estudio sobre el pensamiento científico en la Antigua Grecia, e ilumina el momento en que se produce un cambio que considero fundamental a la hora de elaborar una justificación de este imperialismo al que nos referimos (Los orígenes de la racionalidad científica, Mario Vegetti , 1979). La historia es larga. En principio cabe destacar que para Heráclito, Parménides, y los pitagóricos la humanidad es diferenciada. Lejos queda ésta de la concepción de Anaxágoras para el que el hombre se ha hecho inteligente gracias a la práctica de las manos, es decir, a su intervención en la naturaleza. Anaxágoras se nos antoja un precursor de Federico Engels y por extensión, un Darwinista, en lo que a la evolución del hombre se refiere. Aristóteles “pondrá esto en su sitio” dándole la vuelta, al hombre le han sido dadas las manos porque es inteligente y, por tanto, capaz de utilizarlas. En la línea de la humanidad diferenciada, por tanto en la justificación de la opresión de otros hombres, encontramos a Platón y reprozduco aquí un texto que no tiene desperdicio: “Quienes no sean capaces de participar en un modo de vida valiente y sabiamente pacífico y de todo aquello que lleve a la virtud, sino que se inclinen hacia el ateísmo, el desajuste, la injusticia de la violencia de una naturaleza malvada, éstos sean pues considerados a muerte, al exilio, a la pena de máximo deshonor (...), y aquellos que se jactan de la ignorancia y de la vulgaridad los someta al yugo y los incluya en el género a que pertenecen los esclavos (Político , 308 . Platón) De acuerdo con esto Isócrates, en torno al logos-pensamiento, hace una gradación entre lo animal y lo humano, entre lo griego y lo bárbaro. Los atenienses, dice, sobresalen “en aquellas dotes por las cuales la naturaleza humana supera a los demás animales y la raza griega a los bárbaros: puesto que, por lo que respecta al pensamiento y a la palabra poseen una educación superior a los demás”. Décadas antes un texto hipocrático recogía que los bárbaros eran inferiores porque no eran dueños de si mismos, mientras que los griegos eran libres. Es evidente que este pensamiento no convenía a la nueva realidad política. Y se entiende también que el ideal de “verdadero hombre” se correspondiera con los ejércitos invasores del Asia comandados por Alejandro. Alejandro, el rey filósofo, donde la paideia cobraba todo su sentido. Alejandro “traicionará “ todas estas ideas en la medida en que construye un estado Universal sobre tres continentes. El será señor de griegos y persas, y la nobleza persa será igualada a la macedonia. Los soldados griegos a los persas. Pero esto vale no sólo para los Persas, en Egipto, trato al clero egipcio que lo encumbra como dios, en Sogdiana –donde se casa con Roxana-, en la India, donde trata a Poro con dignidad y reconoce la filosofía y el pensamiento indio. Por ultimo con el discurso de Opis y las bodas de Susa. Alejandro para sus detractores se convierte en un loco, un degenerado, un traidor. Pero lo que vemos es un cambio ideológico profundo. Que tiene como meta la consolidación no de una ideología de conquista sino de dominio del nuevo estado universal que acaba de crear. Este pensamiento nuevo no se lo aporta ningún filósofo anterior, lo crea él mismo. Y eso le da su genialidad. Quiero recalcar aquí, algo que es evidente.
Alejandro no acaba con el sistema esclavista. Pero tampoco utiliza los argumentos que le han dado los filósofos anteriores para hacer esclavos a todos los pueblos conquistados. En ese sentido es más moderno y magnánimo que sus precursores. Y, por descontado, más moderno que sus sucesores, y metemos aquí también a los romanos, herederos directos de su idea de imperio.
En el verano del año 336 a.C. Filipo fue asesinado y Alejandro ascendió al trono de Macedonia. Se encontró rodeado de enemigos y se vio amenazado por una rebelión en el extranjero. Alejandro ordenó la ejecución de todos los conspiradores y enemigos nacionales. Marchó sobre Tesalia, donde los partidarios de la independencia habían obtenido el control, y restauró el dominio macedónico. Hacia finales del verano del 336 a.C. había restablecido su posición en Grecia y un congreso de estados en Corinto lo eligió comandante del Ejército griego para la guerra contra Persia. Quedo como gobernador de Persia a Antípatro. En el 335 a.C. dirigió una campaña brillante contra los rebeldes tracios cerca del río Danubio. A su regreso a Macedonia, reprimió en una sola semana a los hostiles ilirios y dardanelos cerca del lago pequeño Prespa y después se dirigió hacia Tebas, que se había sublevado. Tomó la ciudad por asalto y arrasó sus edificios, respetando sólo los templos y la casa del poeta lírico Píndaro, esclavizando a unos treinta mil habitantes capturados. La rapidez de Alejandro en reprimir la sublevación de Tebas facilitó la inmediata sumisión de los otros estados griegos.
B) La creación de un Imperio
Napoleón Bonaparte (1769-1821) Carta al general Gourgaud
"Lo que me gusta de Alejandro Magno no son sus campañas, de las que no podemos formar un claro concepto, sino su arte de política. A los 33 años dejó un imperio inmenso y bien organizado, que sus generales se repartieron luego. Había logrado aprender el arte de granjearse la estima de los pueblos a los que había vencido. Tuvo razón en mandar asesinar al tonto de Parmenio, que le echaba en cara su abandono a las costumbres griegas. Su visita a Amón constituye una hazaña política; se ganó a Egipto de esta manera. Si yo hubiese permanecido en Oriente, me hubiera ido de peregrinación a La Meca, me habría arrodillado y hubiera hechos mis rogativas. Pero sólo habría hecho todo esto si hubiese valido la pena.
Alejandro comenzó su guerra contra Persia (Antiguo país de Medio Oriente, que ocupa a finales del siglo XX el territorio de Irán, especialmente los Montes Zagros, al este de Mesopotamia. El país de Persia ha sido ocupado sucesivamente por una serie de pueblos e imperios: Gutis, Media, Imperio Persa, Reino Parto, Imperio Sasánida, Califato Omeya, Califato Abasida, Il-Khanes, Imperio Safavida, Irán), la primavera del 334 a.C. al cruzar el Helesponto (actualmente Dardanelos) con un ejército de unos 365.000 hombres de Macedonia y de toda Grecia; sus oficiales jefes eran todos macedonios, incluidos Antígono (más tarde Antígono Monoftalmos), Tolomeo (más tarde Tolomeo I) y Seleuco (más tarde Seleuco I). En el río Gránico, cerca de la antigua ciudad de Troya (en la actual Turquía), atacó a un ejército de 40.000 persas y griegos hoplitas (mercenarios). Sus fuerzas derrotaron al enemigo y, según la tradición, sólo perdió 110 hombres; después de esta batalla, toda Asia se rindió. Continuó avanzando hacia el sur y se encontró con el ejército principal persa, bajo el mando de Darío III Codomano, soberano de Persia (336-330 AC. reinó el mismo año que Alejandro), en Isos, en el noroeste de Siria. Según la tradición, el ejército de Darío se estimaba en 500.000 soldados, cifra que hoy es considerada exagerada. La batalla de Isos, en el año 333 a.C., terminó con una gran victoria de Alejandro. Aunque cortó la retirada, Darío huyó, abandonando a su madre, esposa e hijos a Alejandro, quien les trató con respeto debido a su condición de familia real. Tiro es una ciudad situada al sur del Líbano, a 21 Km. de Israel. Se llama hoy Sur (o Sour). Fue una ciudad estado fundada por los Fenicios al mismo tiempo que Sidon (hoy Saida), Biblos (hoy Djebail) y Beritos (hoy Beirut). Fue un puerto importante de Fenicia, donde salieron barcos para fundar numerosas colonias a orillas del Mediterráneo con el propósito de dominar el comercio marítimo. Una de estas colonias fue Cartago. Fue conquistada por Alejandro Magno en 332 adC, y luego invadida por los árabes en 638. Entre estas dos fechas, es decir durante casi un milenio, se mantuvo como centro cultural y comercial importante del Mediterráneo. Se encuentran numerosas ruinas fenicias, griegas y romanas. Puerto marítimo muy fortificado, ofreció una resistencia obstinada, pero Alejandro lo tomó por asalto en el 332 a.C. después de un asedio de siete meses. Seguidamente, Alejandro capturó Gaza (ciudad Palestina ubicada en la Franja de Gaza) y después pasó a Egipto, donde fue recibido como libertador. Estos acontecimientos facilitaron el control de toda la línea costera del Mediterráneo. Más tarde, en el 332 a.C., fundó en la desembocadura del río Nilo la ciudad de Alejandría, que se convirtió en el centro literario, científico y comercial del mundo griego. Cirene, la capital del antiguo reino de Cirenaica, en el norte de África, se rindió a Alejandro en el 331 a.C., extendiendo sus dominios a todo el territorio de Cártago.
En la primavera del 331 a.C. Alejandro hizo una peregrinación al gran templo y oráculo de Amón-Ra, el dios egipcio del Sol a quien los griegos identificaron con Zeus. Se creía que los primeros faraones egipcios eran hijos de Amón-Ra, y Alejandro, el nuevo dirigente de Egipto, quería que el dios le reconociera como su hijo. La peregrinación tuvo éxito, y quizá confirmara la creencia de Alejandro en su propio origen divino. Dirigiéndose de nuevo hacia el norte, reorganizó sus fuerzas en Tiro y salió hacia Babilonia antiguo estado localizado en Mesopotamia (actualmente Iraq), se originó a partir de los territorios combinados de Acad y Sumer. La lengua acadia evolucionó para formar la lengua babilónica, mientras que la lengua sumeria desapareció. Con un ejército de 40.000 infantes y 7.000 jinetes, cruzó los ríos Éufrates y Tigris y se encontró con Darío al frente del ejército persa, el cual, según informes exagerados, llevaba un millón de hombres, cantidad que no impidió que sufriera una derrota devastadora en la batalla de Arbela (Gaugamela) el 1 de octubre del 331 a.C. Darío huyó al igual que hizo en Isos y un año más tarde fue asesinado por uno de sus propios colaboradores. Babilonia se rindió después de Gaugamela, y la ciudad de Susa, con sus enormes tesoros, fue igualmente conquistada. Más tarde, hacia mitad del invierno, se dirigió a Persépolis, la capital de Persia. Después de robar los tesoros reales y apropiarse de un rico botín, quemó la ciudad, lo cual completó la destrucción del antiguo Imperio persa. El dominio de Alejandro se extendía a lo largo y ancho de la orilla sur del mar Caspio, incluyendo las actual Afganistán, y hacia el norte a Bactriana y Sogdiana, el actual Turkistán ruso, también conocido como Asia central. Sólo le llevó tres años, desde la primavera del 330 a.C. hasta la primavera del 327 a.C., dominar esta vasta zona. Para completar la conquista del resto del Imperio persa, que en tiempos había incluido parte de la India occidental, Alejandro cruzó el río Indo en el 326 a.C. e invadió el Punjab, alcanzando el río Hifasis (actual Bias); en este punto los macedonios se rebelaron, negándose a continuar. Entonces Alejandro construyó una flota y bajó navegando el Hidaspo (llamado Hydaspes por los griegos, donde derrotó al dirigente indio Poros en el 326 a.C.) hacia el Indo, alcanzando su delta en septiembre del 325 a.C. La flota continuó hacia el golfo Pérsico. Con su ejército, Alejandro cruzó el desierto de Susa en el 324 a.C. La escasez de comida y agua durante la marcha había causado varias pérdidas y desacuerdos entre sus tropas. Alejandro pasó aproximadamente un año organizando sus dominios e inspeccionando territorios del golfo Pérsico donde conseguir nuevas conquistas. Llegó a Babilonia en la primavera del 323 a.C., pero en junio contrajo fiebres y murió. Dejó su Imperio, según sus propias palabras, "a los más fuertes" este ambiguo testamento provocó terribles luchas internas durante medio siglo.
c) Las falanges de Alejandro
Un enorme erizo de largas lanzas.

La historia de la guerra en la antigüedad se halla jalonada, en buena medida, por la formación de unidades crecientemente adaptadas para lograr una mayor eficacia bélica que se imponían en el campo de batalla hasta enfrentarse con otra de carácter militarmente superior. Entre el conjunto de estas unidades sobresalió con especial relevancia la denominada falange. Utilizada de manera profusa por los macedonios su origen era tebano y se debía a un militar llamado Epaminondas. Su perfeccionamiento vino de la mano de Filipo, padre de Alejandro. Polibio ha dejado una descripción detallada de su forma de funcionamiento. De acuerdo con ésta, el soldado, con sus armas, ocupaba un espacio de tres pies en posición de combate, mientras que la longitud de la lanza larga que llevaba o sarisa era de 16 codos.
Esta circunstancia despejaba una distancia de 10 codos por delante de cada hoplita, cuando cargaba sujetando la lanza con ambas manos. La longitud de las lanzas permitía que el combatiente de la primera fila quedara protegido por las que sobresalían procedentes de la 2ª, 3ª, 4ª y 5ª fila. Dado que la falange contaba con 16 filas de profundidad, de las que sólo atacaban las cinco primeras, las otras 11 se limitaban a levantar las sarisas por encima del hombro de los que les precedían protegiéndolos y, en su caso, relevándolos.
La falange se convertía en un erizo invulnerable que esperaba el agotamiento del adversario para luego embestirlo y destrozarlo con su potencia de choque. Esta unidad resultaba invencible en la medida que destrozaba el orden de batalla del enemigo, por regla general, incapaz de acabar con aquel erizo de lanzas largas. Pero había dos puntos débiles. El primero era la necesidad de contar con un terreno llano y sin obstáculos, y el segundo, que encarecía de capacidad de maniobra frente a un ataque envolvente. De la misma manera, un miembro de la falange aislado no podía recibir ayuda de sus compañeros y estaba condenado a perecer. Mientras la falange no se enfrentó con esos peligros, fue imbatible en el campo de batalla como demostrarían tanto Filipo como Alejandro. Sin embargo, en el choque con las legiones romanas fue derrotada vez tras vez.

D) La misión divina de Alejandro Magno
Alejandro III el Magno es una de las personalidades más destacadas y relevantes de la edad antigua. El historiador británico Nicholas G. L. Hammond escribió en 1980 una excelente biografía dedicada al estudio de la personalidad de ese rey macedonio del siglo IV a.C. (Alejandro Magno, si renunciamos a añadir la numeración nominal regia), cuyas últimas páginas inmediatamente anteriores a los apéndices de la obra se reproducen a continuación.
Fragmento de Alejandro Magno. “Rey, general y estadista”. De Nicholas G. L. Hammond. Emular, e incluso superar a su padre Filipo o al prototipo de conquistador, Ciro el Grande; rivalizar con los viajes y logros de Heracles y de Dioniso y, a su vez, conseguir «honores divinos» eran posiblemente las ambiciones juveniles de Alejandro. Europa había sido el escenario de los triunfos de Filipo e Italia iba a ser invadida por Alejandro el Moloso; por consiguiente, Asia era el continente de Alejandro. Pero, ¿se lo concederían los dioses? Cuando desembarcó en la Tróade, Alejandro mostró expresamente esta idea: «Aceptó de los dioses Asia, ganada a punta de lanza». La reafirmó tras su victoria en Gaugamela, cuando dedicó en acción de gracias los despojos de la batalla a Atenea de Lindos en calidad de «Señor de Asia» y cuando le escribió a Darío: «los dioses me han concedido a mí Asia». Al final acabó viéndose a sí mismo como «Rey de toda Asia», y todos los demás -incluso los remotos libios- terminaron por hacerlo también.
Pero en el 334 a.C. debe de haberse preguntado si de hecho era «hijo de un dios», capaz de ejecutar ese proyecto heroico. Las respuestas le llegaron sin lugar a dudas de los oráculos y los sacerdotes en cuyas palabras había creído desde siempre: en el 332 a.C. los sacerdotes de Egipto lo saludaron como «Hijo de Ra»; el sacerdote a Amón en Siwah le hizo creer y, sin duda, indujo a otros también a hacerlo, que era el «Hijo de Amón» y posteriormente los santuarios de Dídima y Eritras le proclamaron «Hijo de Zeus». Era tentador poner a prueba esas creencias, y eso era lo que pretendía su oración en Gaugamela. La victoria consiguiente le reafirmó en su convencimiento de que «descendía de Zeus». Muchas señales y hechos maravillosos -algunos evidentes por sí mismos, otros interpretados por los adivinos- demostraron que los dioses estaban de su lado. No hay duda alguna de que tanto él como sus hombres creían en ellos implícitamente. Debemos recordar que las lecturas preferidas de Alejandro eran la Ilíada, las obras de los tres grandes trágicos y la poesía ditirámbica, y que en todas ellas los dioses daban a conocer a los hombres sus designios mediante una amplia gama de procedimientos entre ellos las señales y los hechos maravillosos. De los que le ocurrieron a Alejandro, Arriano, que sigue a Tolomeo y a Aristobulo, menciona los siguientes: la gaviota de Halicarnaso, el nudo gordiano desatado por el futuro «dominador de Asia», los truenos y relámpagos allí mismo, el sueño antes del ataque de Tiro, el ave de presa de Gaza, la harina que marcó los límites de Alejandría, la lluvia y los cuervos en el camino hacia Siwah, el águila voladora en Gaugamela, el presagio adverso en el Jaxartes, el vidente sirio en Bactria, los manantiales de aceite y agua junto al Oxo y el oráculo de Belo (Baal) antes de la entrada en Babilonia. Incluso cuando la muerte ya se estaba cerniendo sobre él, Alejandro podía haber dicho, como el viejo Edipo: «De todas las señales que los dioses en persona me han enviado, ninguna de ellas resultó ser falsa».
Los dioses fueron también los responsables de todos sus éxitos en opinión de Alejandro y a ellos les otorgó el reconocimiento y las gracias. Se hallaba realizando constantemente actos religiosos; hacía sacrificios cada mañana desde que se había convertido en adulto y, además, todas las noches en las que se dedicaba a beber con sus compañeros, al iniciar cualquier empresa, al cruzar cualquier río, al entrar en combate, al celebrar la victoria y al expresar gratitud. Sin embargo, su devoción era mucho menos ostensible que la de su padre. Por ejemplo, mientras que Filipo se había representado a sí mismo en sus monedas recibiendo la salutación, posiblemente durante algún desfile triunfal, y poniendo de relieve sus éxitos en los Juegos Olímpicos, Alejandro sólo hacía representar a los dioses en sus monedas de uso corriente. En las famosas esculturas de Alejandro hechas por Lisipo se le representaba con unos ojos tiernos y blandos como si «mirase hacia el cielo», y en su momento se interpretó como que dirigía su mirada hacia Zeus, del que procedía su inspiración. En sus primeros años, por ejemplo, al desembarcar en Asia, rindió honores especiales a Atenea Alcidemo (la diosa de la guerra macedonia que protegía a Filipo y a Alejandro según Plinio, a Zeus el Rey («de dioses y hombres») y a Heracles, antepasado de la casa real; y durante todo su reinado fueron ellos, y sólo ellos, los únicos que aparecieron en sus monedas de oro y plata. Es sólo en el medallón de Poro donde aparece la figura de Alejandro: diminuto, en un combate simbólico. En el reverso, su cara no aparece en relieve.
Tras su peregrinación a Siwah situó a Zeus Amón, o Amón de los libios (para distinguirlo de Amón de Afítide) o solamente Amón, al mismo nivel en su consideración que Atenea, Zeus o Heracles; por ejemplo, al reunirse con Nearco puso como testigos a «Zeus de los griegos» y a «Amón de los libios». El rayo que lleva Alejandro en el medallón de Poro es probablemente el arma de Zeus Amón, con la que había armado a Alejandro para que conquistase el reino de Asia. En las pinturas de Apeles, Alejandro aparecía blandiendo el rayo, representado posiblemente como rey de Asia. Fue al oráculo de Zeus Amón, no a un oráculo griego, al que consultó Alejandro acerca de los honores a Hefestión y en la desembocadura del Indo, por ejemplo, hizo dos series de sacrificios con los rituales y a los dioses que había determinado el oráculo de Amón.
En ocasiones también realizó sacrificios a otras divinidades no griegas, como el Melkart tirio (identificado con Heracles), Apis e Isis en Egipto y Belo (Baal) en Babilonia, cuyo empleo pretendía reconstruir. Y su facilidad al recurrir a dioses griegos y no griegos en petición de ayuda queda de manifiesto en sus consultas no sólo a adivinos griegos sino también a los de Egipto, Persia (los magos) y Babilonia (los caldeos). Sin duda fue por la fe que tenía en estos poderes divinos por lo que Sérapis fue consultado durante su última enfermedad, su cadáver fue embalsamado por egipcios y caldeos y los cuernos de carnero, el emblema de Amón, fueron añadidos a la cabeza de Alejandro en las monedas de Lisímaco. Es evidente que Alejandro no pensaba en que sus dioses nacionales habían derrotado a los de las otras razas, como habían hecho, por ejemplo, los griegos y los hebreos; mas bien al contrario, estaba dispuesto a mostrar su respeto y a rendir culto a los dioses de otros pueblos y a encontrar en esos dioses unas cualidades similares a las que poseían los dioses griegos y macedonios.
Que Alejandro acabase por pensar que tenía una misión que cumplir no debe sorprendernos. Era descendiente de Zeus y Heracles, había nacido para reinar, tenía como ejemplo la carrera de Filipo e Isócrates, Aristóteles y otros le habían educado para ser benefactor tanto de griegos como de macedonios. Su sentimiento de misión tenía inevitables connotaciones religiosas, puesto que desde temprana edad el rey su padre le había asociado en la dirección de ceremonias religiosas, y se hallaba imbuido de muchas de las ideas de la religión tradicional y de los misterios extáticos. Así, dos observaciones de las que realiza Plutarco tienen muchos visos de verosimilitud. «Este deseo [ordenar bajo una sola ley a todos los hombres y someterlos a un único poder y a una única y habitual forma de vida], que le era natural ya de niño, lo alimentó y lo incrementó con el tiempo»; y al atravesar el Helesponto y llegar a la Tróade (Assuwa, cerca de Tróade, para unos; en Lidia, para otros), actualmente en Anatolia parte actual de Turquía) el principal mérito de Alejandro era «su piedad hacia los dioses». Ya por aquel entonces había planeado establecer un reino de Asia en el que gobernaría sobre los pueblos, tal y como lo había hecho Odiseo, «con paternal bondad». Se aprestó a llevar a término ese plan «fundando ciudades griegas en medio de pueblos salvajes y enseñando los principios de la ley y de la paz a tribus sin ley e ignorantes». Cuando completó la conquista de Asia merced al favor de los dioses y especialmente el de Zeus Amón, no descansó hasta instaurar «concordia, paz y solidaridad mutua» entre los hombres de su reino.
Esto era la aplicación práctica de una concepción religiosa y no de una teoría filosófica (aunque posteriormente condujo a la teoría filosófica de los cínicos, que sustituyeron Asia por el mundo en su conjunto y hablaron de la fraternidad entre los hombres), que alcanzó su punto culminante en el banquete de Opis, cuando en presencia de hombres de varias razas hizo votos por «la concordia y la participación en el gobierno» de su reino «entre macedonios y persas».
Lo que distingue a Alejandro de todos los restantes conquistadores es esta misión divina. Había crecido con ella y consiguió cumplirla en gran medida, antes de formularla explícitamente en el banquete de Opis mediante unas palabras como las que cita Plutarco «Alejandro se consideraba -escribe Plutarco-, enviado por los dioses como gobernador común y árbitro de todos y a quienes no anexionaba por la palabra lo hacía con las armas por la fuerza con el fin de reunir los elementos diseminados en un mismo cuerpo, como mezclando en una amorosa copa las vidas, los caracteres, los matrimonios y las formas de vivir.» Este es el motivo verdadero por el que merece ser llamado «Alejandro el Grande»: porque no aplastó o desmembró a sus enemigos, como los romanos conquistadores aplastaron Cartago y Molosia y desmembraron Macedonia en cuatro partes, porque no explotó, esclavizó o destruyó a las poblaciones nativas del mismo modo que el «hombre blanco» ha hecho con tanta frecuencia en América, Africa y Oceanía; por el contrario, consiguió crear, aun cuando sólo durante unos cuantos años, una comunidad supranacional capaz de vivir en paz interior y de desarrollar una concordia y una solidaridad de las que, lamentablemente, carece nuestro mundo moderno.


E) Los últimos años de Alejandro
Los últimos años de Alejandro fueron una desorbitada carrera hacía la gloria, un impulso frenético que sólo se detuvo con su muerte y que, pese a estar plagado de conquistas y victorias, fue un torbellino de tragedias personales que le condujeron a la desesperación y, quizás, siempre se ha hablado de ello, a la inestabilidad mental. Tuvo que hacer frente a 3 deserciones masivas de sus fatigados y desorientados soldados y, además, fue objeto de dos conjuras que apunto estuvieron de costarle la vida. Los motines los sofocó simplemente con su carisma y su arrebatadora oratoria. Para las conjuras no le quedó otro remedio que aplicar la razón del Estado y la justicia militar.
Alejandro sufrió, en poco más de dos años, una espiral de desgracias que le afectaron profundamente. Durante la batalla contra el rey indio Poro, murió Bucéfalo, su gran caballo azabache. Alejandro no sólo lloró por su caballo y lo enterró en una tumba de piedra, sino que también fundó una ciudad con su nombre: Alejandría Bucéfala. Igual de llanto, recibío Peritas, el mastín, que dio la vida por su amo durante un asalto a una fortaleza de los Malios, pueblo feroz y agerrido que habitaba a la orilla del río Indo. La peor de las tragedias fue la muerte de Hefestión, su seguidor más fiel, moría en Ecbatana, aquejado de fiebres y de la negligencia de un médico llamado Glauco. Alejandro ordenó la ejecución de Glauco y la crucifixión de su cadáver. Alejandro organizó unos funerales que no sólo le costaron 12 mil talentos, sino que supusieron el exterminio de toda una tribu de persas como homenaje, la construcción de una pira monumental y la orden a varios sacerdotes de que viajaran hasta Egipto, al oráculo de Amón, para que allí convirtieran a Hefestión en un dios.
A partir de ese instante todo se precipito, a pesar de la esperanzadora noticia de que su esposa Roxana esperaba un hijo. En verano regresó a Babilonia, a pesar de las advertencias de los sacerdotes, y allí se mantuvo sin hacer caso al clima insaluble y aunque numerosos presagios funestos le anunciaron las peores calamidades. Por el contrario, aceptaba cuanta invitaciones se le ofrecían y comía, bebía y holgaba sin mesura. Enfermo además de insomnio, se cuenta que en una de esas orgías desenfrenadas quiso superar el récord de resistencia ante el alcohol que había establecido un oficial llamado Promacos, quien le había derrotado después de ingerir tres litros de un licor fortísimo. Alejandro trasegó cuatro litros del mismo licor para superarle. Al día siguiente, la fiebre hizo aparición, mientras que un amenazador gorjeo interno acompañaba a su respiración. La herida en el pulmón sufrida frente a los malios pasaba factura.
A los 11 días de agonías, Alejandro murió. Poco antes, cundo le preguntaron a quién cedía el trono, él respondió: <>. Pero se olvidó decir quién era en su opinión el más fuerte, lo que ocasionó casi inmediatamente una guerra sin cuartel entre sus antiguos camaradas que terminaría por desmembrar su imperio.
F) El legado de Alejandro Magno
Alejandro fue uno de los mayores conquistadores de la historia, destacó por su brillantez táctica y por la velocidad con la que cruzó grandes extensiones de terreno. Aunque fue valiente y generoso, supo ser cruel y despiadado cuando la situación política lo requería, aunque cometió algunos actos de los que luego se arrepintió, caso del asesinato de su amigo Clito en un momento de embriaguez. Como político y dirigente tuvo planes grandiosos; según muchos historiadores abrigó el proyecto de unificar Oriente y Occidente en un imperio mundial, una nueva e ilustrada hermandad mundial de todos los hombres. Hizo que unos 30.000 jóvenes persas fueran educados en el habla griega y en tácticas militares macedónicas y les alistó en su Ejército. Él mismo adoptó costumbres persas y se casó con mujeres orientales: con Estatira (o Stateira; que murió hacia el 323 a.C.), la hija mayor de Darío III, y con Roxana (que murió hacia el 311 a.C.), hija del sátrapa de Bactriana Oxiartes; además animó y sobornó a sus oficiales para que tomaran esposas persas. Poco después murió. Alejandro ordenó que las ciudades griegas le adoraran como a un dios. Aunque probablemente dio la orden por razones políticas, según su propia opinión y la de sus contemporáneos, se le consideraba de origen divino. Tras su muerte, la orden fue en gran parte anulada.
Para unificar sus conquistas, Alejandro fundó varias ciudades a lo largo de su marcha, muchas se llamaron Alejandría en honor a su persona; estas ciudades estaban bien situadas, bien pavimentadas y contaban con buenos suministros de agua. Eran autónomas pero sujetas a los edictos del rey. Los veteranos griegos de su Ejército al igual que soldados jóvenes, negociantes, comerciantes y eruditos se instalaron en ellas y se introdujo la cultura y la lengua griega. Así, Alejandro extendió ampliamente la influencia de la civilización griega y preparó el camino para los reinos del periodo helenístico y la posterior expansión de Roma.

BIBLIOGRAFÍA
http://www.alejandro_magno.galeón.com/
“El Imperio Romano y sus pueblos limítrofes”. Ed. S.XXI, Madrid, 1973. Enciclopedia Espasa Calpe.
“Alejandro Magno. Rey, General y Estadista”. De Hammond Nicolás. Versión española de Adolfo Domínguez. Madrid. Alianza Editorial, 1992.
“Vida y acciones de Alejandro Magno el Grande”. Emece Editores S.A. Buenos Aires, 1944. Tomos I, II y III

1 Comments:

At 8:14 p.m., Anonymous Anónimo said...

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