jueves, diciembre 02, 2004

Investigación / Las fuentes históricas de la República (1800 - 1920) y su relación con el quehacer histórico

Por Idel Vexler Tello
Junio del 2004

INTRODUCCIÓN


El trabajo esta dividido en dos partes, una primera en donde desarrollamos las fuentes republicanas (siglo XIX – 1920), donde en primer lugar, damos un esbozo sobre lo que es una fuente, para luego dividirla en cuatro grupos: orales, monumentales, audiovisuales y escritas. Dentro de esta última categoría, desarrollamos a profundidad, “El estado de la documentación”; en su subdivisión de éditas o inéditas, dentro del marco del período republicano.
Dentro de las fuentes éditas, la conceptualizamos, para luego dividirla en sus distintas categorías: bibliografías, colecciones, cuestiones diplomáticas y de fronteras, anales, periódicos, viajeros, memorias, biografías, historias generales y específicas; cada una de ellas con sus respectivos documentos.
Dentro de la inéditas, nos avocamos a Lima, y su variedad de archivos republicanos, desarrollando con mayor amplitud los archivos que brindan mucha utilidad al período republicano, como lo son el Archivo General de la Nación (por su variedad documental), y el Archivo Histórico de Límites (por la documentación sobre el origen y conformación fronteriza de los países de América; en discusión sobre aquella época). Y algunos datos correspondientes a algunos archivos regionales del Perú.

La segunda parte del trabajo, esta constituida, por la utilidad de la fuente en el quehacer histórico; para ello desarrollamos una variante ya sea en su taxonomía , como en su concepto y análisis planteado por Julio Aróstegui. Y bajo este marco, desarrollamos el uso y la utilidad de las fuentes para el historiador.
En donde el historiador, descifra la utilidad del hecho histórico, dependiendo del proceso que investiga. Pero tomamos en cuenta, las variantes sociales y emocionales, con las cuales convive el historiador, para entender la discriminación y el análisis de determinada fuente. Con ello la fuente puede adquirir un papel mayor, dentro de un proceso histórico, si el historiador lo requiere y sus propios intereses lo desean.
A través de este análisis, se trata de desmenuzar la veracidad o no de la fuente; y cuanto de falaz hay en su elección o no.
Todo hecho se convierte en vivo, dependiendo de quien lo investigue, por ello, la recíproca relación entre el historiador y la fuente a examinar.

I) FUENTES DEL SIGLO XIX – XX (1800 - 1920)

Comenzaremos por definir que es una fuente histórica, como todos aquellos objetos o hechos que informan (dan testimonio), de alguna acción histórica en el mundo.

Las fuentes históricas, se puede dividir en 4 grupos:

1. Orales o Tradicionales

Son aquellos relatos, poemas, canciones, leyendas, mitos, refranes, tradiciones; que son transmitidos a través del lenguaje, de padres a hijos. Y que forman parte de la tradición popular. Dentro de este grupo incluiremos también a las costumbres (danzas, celebraciones, fiestas populares, etc.).
Para el período republicano se pueden mencionar los siguientes ejemplos:

· Las décimas o cumananas.
· El criollismo, con todas su manifestaciones: lenguaje, costumbres, música, etc.
· Las canciones de negros y chinos.
· Las creencias en santos, beatas, cruces, etc. Por ejemplo: Sarita Colonia, La Beatita de Humay, etc.
· Las replanas o jergas.
· Las fiestas de clubes provinciales.
· Los deportes como el fútbol o la hípica.
· La música clásica, con temas peruanos como: el Cóndor Pasa de Daniel Alomía Robles; óperas: Ollanta de José María Valle Riestra; etc.

2. Monumentales o Materiales

Son todos aquellos objetos realizados, usados o transportados por el hombre, como: los restos de construcción, monumentos, instrumentos, muebles, monedas, mapas, cuadros, obras escultóricas, armas, utensilios, etc.
Para el período republicano, podemos mencionar a las siguientes fuentes:

· Los monumentos, como el del Combate del dos de mayo, el de Castilla, Bolognesi, Colón, etc.
· Las construcciones, como el Hospital dos de mayo, el Correo de Lima, la Estación de Desamparados, la Cripta de los Héroes, etc.
· Los estilos arquitectónicos, apreciados en las viviendas de la avenida Arequipa y las “villas” del Paseo Colón (arte Noveau).
· Las diferentes monedas republicanas: Pesos, Libras, Soles; de origen extranjero que penetraron el Perú (Feble Boliviano), etc.
· Los diferentes mapas republicanos: el de Mariano Paz Soldán (1865).
· Los cuadros pintados por Ignacio Merino, Luis Montero, Francisco Laso, Daniel Hernández, Juan Lepiani, José Sabogal, etc.
· La esculturas de Artemio Ocaña, Emilio Mendizábal, David Lozano, etc.


3) Audiovisuales

Son los documentos fotográficos, películas, discos, grabaciones de radio y televisión, etc.; que nos ayudan a la investigación de la historia reciente. Para el período republicano, podemos mencionar a las siguientes fuentes:

· Las fotografías de Eugene Courret.
· Las fotografías de periódicos y revistas.
· Las películas cinematográficas peruanas, documentales, series, etc.
· La discografía nacional.
· Las grabaciones de radio y televisión, sobre acontecimientos importantes acontecidos en el Perú.

4) Escritas o documentales

Son todo tipo de documentos escritos por el hombre, sobre diferentes materiales como: en piedra, papel, pergamino, etc. También se les puede definir como todo vestigio escrito, que nos da cuenta de la naturaleza de las relaciones sociales que se han definido en su tiempo y así mismo de las obras que fueron producto de esa relación. Estas fuentes se pueden clasificar a su vez por:

A) El estado de la documentación

· Éditas: son todo tipo de documentos escritos por el hombre, publicados en libros, revistas, periódicos, etc.
· Inéditas o manuscritas: son todo tipo de documentos escritos por el hombre, pero que aún no son publicados o editados (constituyen los fondos documentales y series de los diferentes archivos).

B) Por la información que brindan

· Cualitativas: cuando la información que brindan, abarca características, descripciones, relatos, etc.
· Cuantitativas: cuando la información que brindan, abarca series numéricas, estadísticas, porcentajes, etc.


PARA CONOCER MEJOR QUE FUENTES DOCUMENTALES PODEMOS UTILIZAR PARA INVESTIGAR EL PERÍODO REPUBLICANO DE NUESTRA HISTORIA, VEREMOS LA PRIMERA CLASIFICACIÓN: EL ESTADO DE LA DOCUMENTACIÓN (1800 – 1920).


FUENTES DOCUMENTALES ÉDITAS (PERÍODO REPUBLICANO)

Son las más extensas y numerosas (a comparación de la documentación édita para otro período de nuestra historia), pero resulta difícil hacer una clasificación completa de ellas, por la diversidad de asuntos y la proliferación de publicaciones privadas y oficiales[1].
Las fuentes documentales éditas, se pueden clasificar teniendo en cuenta los siguientes géneros documentales:

A) Bibliografías

Son los textos que dan referencia o testimonio de toda producción bibliográfica desarrollada en el país, localidad (Lima) o región. Además de consignar los nombres de los autores, títulos de sus obras y otros datos bibliográficos (tamaño, fecha, lugar, imprenta, número de páginas). Presentan comentarios breves de la obra y referencias bibliográficas sobre ediciones antiguas, comentarios o críticas de la obra descrita. Existen bibliografías generales o sobre temas específicos. Destacan los trabajos de:

· Mariano Felipe Paz Soldán “Biblioteca Peruana” (1879)[2], Lima.
· Gabriel René Moreno “Biblioteca Peruana” (1896), Santiago de Chile, segundo volumen.
· Ricardo Palma “Catálogo de los libros existentes en el salón América de la Biblioteca Nacional de Lima” (1891).

B) Colecciones de documentos

Son aquellas publicaciones, que reúnen una serie de documentos organizados, en torno a un tema o personaje. Se dividen en:

· Particulares
Cuando los documentos, son acopiados por particulares o la información gira en torno a éstos. Destacan los trabajos de:
Ø Manuel de Odriozola, “Documentos históricos del Perú” (1863 a 1877), 10 tomos.
Ø Luis Varela Orbegoso, “Colección de documentos del gran mariscal Luis José de Orbegoso” (1908 a 1929), 3 volúmenes.

· Públicos (Oficiales)
Cuando los documentos acopiados, son producidos por instituciones públicas y la información gira en torno a ellas. Se dividen de la siguiente manera:
Ø Generales
Destacan los trabajos de Carlos Larraburre Correa, “Colección de leyes, decretos, resoluciones y otros documentos oficiales referentes al departamento de Loreto” (1905 a 1909).
Ø Mensajes presidenciales
Destaca la reedición de los mensajes de los presidentes del Perú: 1821 – 1867 (primer volumen) y 1869 a 1899 (segundo volumen).
Ø Los documentos parlamentarios y los diarios de debates
Se publicaron en su mayoría en folletos y periódicos de la época, pero se puede destacar la obra de: Pedro Emilio Dancuart, “Crónica Parlamentaria del Perú”, 4 tomos; desde 1870 se ha publicado la colección de diarios de debates en forma interrumpida.
Ø Las colecciones de leyes
Destacan los trabajos de: Mariano De Los Santos Quiroz (1831 a 1842) en 6 volúmenes; Juan Oviedo “Colección de Leyes, Decretos y Órdenes publicados en el Perú desde 1821 hasta el 31 de diciembre de 1859” ( 1859 - ¿?), 10 volúmenes; Manuel Atanasio Fuentes “Derecho Público Peruano” (1854) y “Colección de Causas Célebres” (1860 a 1863) en 10 volúmenes.


C) Cuestiones diplomáticas y de fronteras

Son los textos que dan testimonio sobre las actividades que nuestra diplomacia despliega, para fijar fronteras y defender nuestra soberanía. Se pueden dividir en:

· Las colecciones de Tratados
Ø Ricardo Aranda, “Colección de Tratados” (1890 - ¿?), 14 volúmenes.
Ø Alfredo Benavides, “Colección de tratados vigentes para el Perú” (1916), 2 volúmenes.
Ø Ministerio de Relaciones Exteriores, “Tratado, Convenciones y Acuerdos vigentes entre el Perú y otros Estados” (1936), 2 volúmenes.

· Las cuestiones de límites
Conformados por aquellos alegatos que reúnen documentación histórica, que sirve de prueba para sustentar el derecho y la soberanía de nuestro país sobre los territorios litigados. Destacan los alegatos de:
Ø José Pardo (1889) en 2 Volúmenes, por el problema con el Ecuador.
Ø Mariano H. Cornejo y Felipe De Osma (1907), en 4 tomos y 7 volúmenes de anexos, por el problema con el Ecuador.
Ø Víctor Maúrtua, en 2 tomos y 16 volúmenes de anexos, por el problema con Bolivia.
Ø Melitón Porras, José Salvador Cavero y Solón Polo, por el problema con Chile (realización del plebiscito).
Ø Raúl Porras Barrenechea, con 3 volúmenes de pruebas de la ocupación chilena de la provincia de Tarata.


D) Los Anales

Son aquellos documentos que describen historias, analizando la información de lo ocurrido año por año, resaltando en cada año, lo acontecido en los días donde se produjo algún hecho de importancia, según el autor. Se pueden dividir en:

· Anales de Hacienda Pública
Ø Pedro Emilio Dancuart y J. M. Rodríguez “ Los Anales de la Hacienda Pública” (1902 a 1926), en 24 volúmenes.

· Anales Judiciales
Ø “Annales Judiciales del Perú” (1905 a 1954), en 44 volúmenes.

· Anales Universitarios
Ø José Gregorio Paz Soldán “Los Anales Universitarios del Perú” (1862 - ¿?), 2 tomos.
Ø Juan Antonio Ribeyro “Los Anales Universitarios del Perú”, 10 tomos.
Ø Francisco García Calderón y Francisco Rojas “Los Anales Universitarios del Perú”, 6 tomos.

E) Los Periódicos

Son documentos informativos de la vida cotidiana, que se publican semanalmente, mensualmente, trimestralmente o semestralmente, dependiendo de publicación. Es la fuente más inmediata a la investigación histórica en este período[3]. Se pueden dividir tras la independencia en:

PERIÓDICOS
· El Depositario.
· El Nuevo Depositario.
· El Censor Económico.
· El Semanario de Lima.
· La Gaceta del Gobierno Legítimo del Perú (Realista).
· El Pacificador del Perú (Huaura).
· La Abeja Republicana.
· El Peruano (1826 – 1829)[4].
· El Mercurio Peruano (1834 – 1840), segundo periódico con ese nombre.
· El Telégrafo de Lima.
· El Conciliador.
· La Verdad.
· El Voto Nacional.
· La Miscelánea.
· El Genio del Rímac.
· El Limeño.
· El Montonero.
· El Hijo del Montonero.
· La Madre del Montonero.
· El Periodiquito.
· El Coco de Santa Cruz.
· El Intérprete.
· El Hijo de la Madre (sátira).
· El Papagayo (sátira).
· EL Descubridor (sátira).
· La Bandera Bicolor (Trujillo).
· La Estrella Federal (Cusco).
· El Registro Oficial (Huancayo).
· El Federal (Puno).
· Los Rehenes (Callao).
· El Observatorio (Piura).
· EL Comercio (1839).
· La Bolsa (1840).
· El Correo Valiente (1840 – 1854).
· La Guardia nacional (1844).
· Cuentos de Persia.
· El Diablo.
· La Zamacueca (sátira).
· El Zurriago (1849).
· El Progreso (1850).
· El Rímac (1850).
· El Heraldo de Lima.
· La América.
· El Tiempo.
· El Perú (1860).
· El Mercurio.
· El Murciélago.
· El Bien Público.
· La Sociedad.
· El Nacional (1865).
· La República.
· Correo del Perú.
· La Opinión Nacional (1873).
· La Patria.
· El Cascabel.
· La Tribuna.
· El País.
· El Diario.
· La Nación (1887 – 1892).
· La Época (1877 – 1888).
· La Integridad.
· El Tiempo (1898).
· La Prensa (1903).
· El Diario (1908 – 1912).
· La Crónica (1912).
· La Nación (1913).
· El Tiempo (1916).
· El Perú.
· La Razón.
· El Nacional.
· El Callao.
· Germinal.
· Redención.
· Simiente Roja.
· El Martillo.
· La Verdad.
· Libertad.
· La República.
· Última Hora.
· Nuestro Diario.
· Etc.

REVISTAS
· La Revista de Lima (1859 – 1963).
· La Revista Peruana (1879).
· El Perú Ilustrado.
· El Ateneo.
· La Neblina.
· La Gran Revista.
· El Ateneo (1899).
· Lima Ilustrada (1898).
· Novedades (1903 – 1905).
· Actualidades (1904 – 1907).
· Prisma (1906 – 1908).
· Variedades (1908 – 1930).
· Contemporáneos (1909).
· Colónida.
· Mercurio Peruano.
· Monos y Monadas.
· Mundial.
· Amauta.
· Revista Universitaria.
· La Revista del Archivo Nacional.
· La Revista Histórica.
· El Boletín de la Sociedad Geográfica.
· Etc.


F) Relaciones de Viajeros

Son textos en los cuales un viajero[5] que llega a nuestro país, describe, sus peripecias, las ciudades, la vida al interior de ellas, refiriendo las situaciones que lo impactaron. Destacan los siguientes viajeros.

· Poeppig (alemán).
· Brand (inglés).
· Temple (inglés).
· Sutcliffe (inglés).
· Archibald (inglés).
· Smith (inglés).
· Scarlett (inglés).
· Charles Darwin (1835).
· Lister Maw (1827).
· Pentland.
· Bollaert.
· Fitz – Roy (inglés).
· El capitán Vaillant de la corbeta “La Bonite) (francés).
· Levandis (francés, 1834).
· Flora Tristán (francesa, 1834).
· Tschudi (alemán, 1838).
· Max Radiguet (francés, 1841).
· Vicuña Mackenna (chileno).
· Francis De Castelnau (francés).
· Antonio Raimondi (italiano).
· Clements R. Markham (inglés).
· Ida Pfeiffer (inglesa, 1864).
· G. E. Squier (EE. UU., 1863).
· Carrey (francés).
· Wiener (francés).
· Hutchinson (inglés, 1872).
· A. Gallenga.
· Pradier Foderé (francés, 1874 – 1880).
· Treutler (alemán, 1881).
· Ernest Michel (francés).
· Marcel Monnier (francés).
· Ernest Middendorf (alemán).
· Max Uhle (alemán).
· Irma Bingham (EE. UU.).


G) Memorias

Son textos en los cuales el personaje principal es el autor del texto, quien se encarga de relatar, luego de un tiempo prudencial y para la posteridad; se desarrolla su vida privada y su actuar en la vida política, social, económica, militar del país. Desatacan las memorias:

· El General Luis José de Orbegoso.
· El Mariscal José de la Riva Agüero “J. Pruvonena”.
· El Mariscal Miller.
· El General Antonio Gutiérrez La Fuente.
· El General Francisco Vidal.
· El Dean Valdivia.
· El general José Rufino Echenique.
· El General Manuel de Mendiburu.
· Modesto Basadre.
· Santiago Távara.
· Ricardo Palma.
· El Mariscal Andrés Avelino Cáceres.
· Zoila Aurora Cáceres.
· José Antonio De Lavalle (aún inédita).
· Francisco García Calderón.
· Andrés Avelino Aramburú.
· José Santos Chocano.
· José Gálvez.
· Etc.


H) Biografías

Es una de las variantes predilectas de la historiografía peruana, consiste en relatar la vida y obra de un personaje. Adopta diferentes formas: el artículo biográfico tipo diccionario, la necrología, el ensayo histórico o filosófico, la evocación literaria y la biografía novelada. Destacan los trabajos:

· José Antonio Lavalle y Domingo Vivero “Galería de Gobernantes del Perú Independiente. 1821 - 1871”, Barcelona 1909.
· Clorinda Matto de Turner, “Bocetos al lápiz de Americanos Célebres”, Lima 1889.
· La Necrología de Sánchez Carrión, por Larriva.
· Raúl Porras Barrenechea, “Ricardo Palma”, Lima 1933.
· Alberto Tauro, “Amarilis Indiana”.
· César Miró, “Ricardo palma, el patriarca de las tradiciones”; Buenos Aires 1954.


I) Historias Generales

Son textos que abarcan grandes períodos de tiempo republicano (sino es todo el período),, tratando de señalar todos los aspectos de la realidad. Destacan los trabajos:

· Sebastián Lorente, “Historia del Perú desde la proclamación de la independencia. Tomo I. 1821 – 1827”, Lima 1876.
· Mariano Felipe Paz Soldán, “Historia del Perú independiente. Primer período 1819 – 1822”, Lima 1868.
· Carlos Wiesse, “Compendio de historia y civilización del Perú”, Lima 1894.
· José de la Riva Agüero, “La Historia del Perú”, Lima 1910.
· Jorge Basadre, “Historia de la República”, Lima 1939.


J) Historias específicas y sucesos particulares

Son los textos que conforman la mayor bibliografía de este período, abarcan ramas específicas como:

· Diplomacia.
· Derecho.
· Economía.
· Milicia.
· Geografía
· Iconografía.
· Eclesiástica.
· Cultura.


Se puede ver también una gran producción bibliográfica para el estudio de los siguientes sucesos:

· La Independencia (Colección Documental del Sesquicentenario de la Independencia del Perú).
· Gobierno de José de La Mar.
· Gobiernos de Agustín Gamarra.
· La Confederación Peruano – Boliviana.
· Gobiernos de Ramón Castilla.
· El apogeo económico del guano.
· La guerra con España (1866).
· El gobierno de José Balta.
· El gobierno de Manuel Prado.
· La Guerra del Pacífico (1879 – 1883,84).
· La Reconstrucción Nacional.
· El “Oncenio de Augusto B. Leguía” (1919 – 1930).


FUENTES DOCUMENTALES INÉDITAS O MANUSCRITAS (PERÍODO REPUBLICANO).

Conformados por todos los documentos sin editar y que se encuentran en repositorios o bibliotecas. Los repositorios donde se acopian y conservan estos documentos están en Lima y en provincias, dividiéndose a su vez en archivos públicos y archivos privados.

Lima

Concentra la mayor cantidad de archivos históricos de la república[6], se dividen en:

· Públicos
Ø El Archivo General de la Nación.
Ø El Archivo Histórico de la Municipalidad de Lima.
Ø El Archivo del Cabildo Metropolitano.
Ø El Archivo Militar.
Ø El Archivo Histórico de la Marina.
Ø El Archivo Histórico de Límites (Ministerio de RR.EE.).
Ø El Archivo del Museo Nacional de Historia.
Ø El Archivo de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Ø El Archivo de la Universidad Nacional de Ingeniería.


En la actualidad las instituciones del Estado también tienen sus archivos[7], como:

Ø Presidencia del Consejo de Ministros.
Ø Poder Judicial.
Ø Ministerio del Interior.
Ø Ministerio de Justicia.
Ø Ministerio de Relaciones Exteriores.
Ø Ministerio de Economía y Finanzas.
Ø Ministerio de Salud.
Ø Ministerio de Educación.
Ø Ministerio de Trabajo y Promoción Social.
Ø Ministerio de Agricultura.
Ø Ministerio de Industria, Turismo, Integración y Negocios Comerciales e Internacionales.
Ø Ministerio de Transportes, Comunicación, Vivienda y Construcción.
Ø Ministerio de Energía y Minas.
Ø Ministerio de Pesquería.
Ø Contraloría General de la República.
Ø Ministerio Público.
Ø Ministerio de la Presidencia.
Ø Ministerio de Defensa.
Ø Poder Legislativo.
Ø Poder Electoral. Gobiernos Locales.
Ø Ministerio de la Mujer.

· Privados
Ø El Archivo Riva Agüero de la P.U.C.P.
Ø El Archivo Arzobispal.
Ø Los Archivos Notariales.
Ø Los Archivos de Parroquias, Obispados, etc.


Desarrollaremos dos de los principales repositorios donde encontramos fuentes republicanas


1) El Archivo General de la Nación

A cargo de la dirección del Archivo Republicano[8], presenta los siguientes fondos documentales (los que están en constante crecimiento):

· Poder Judicial. Cuenta con las siguientes series:
Ø Expedientes judiciales.
Ø Causas civiles y criminales (1825 – 1899).
Ø Archivo de la Corte Suprema de Justicia (R.P.J. 1821 – 1899).

· Poder Ejecutivo
Hacienda. Conformado por las siguientes series:
Ø Expedientes oficiales (1821 – 1840).
Ø Expedientes particulares (1821 – 1930).
Ø Libros republicanos (1821 – 1915).
Ø Colecciones: Santa María (1545 – 1880), Miscelánea (1587 – 1826).
Ø Impresos (1821 – 1969).
Ø Casa de Moneda (1643 – 1942).
Ø Tribunal del Consulado (1822 – 1887).
Ø Tesorería fiscal del Callao (1860 – 1963).

· Superintendencia de Contribuciones. Conformada por las siguientes series:
Ø Predios rústicos y urbanos de Lima y departamentos (¿1934 – 1964?).
Ø Padrones (1918 – 1966).
Ø Declaraciones juradas e impuestos (1948 – 1966)


· Gobierno. Con las siguientes series:
Ø Correos (1826 – 1856).
Ø Prefectura (1821 – 1956).

· Justicia. Presenta los siguientes documentos:
Ø Convictorio Bolívar (1826 – 1900).
Ø Convictorio San Carlos (1826 – 1900).
Ø Colegio Independencia Americana (1826 – 1900).
Ø Archivo Nacional (1862 – 1905).
Ø Biblioteca Nacional (1825 – 1909).
Ø Museo Nacional (1825 – 1872).
Ø Dirección General de Estudios (1855 –1865).

Así mismo, la siguiente serie:
Ø Ministerio de Justicia y Culto (1824 – 1971).

· Relaciones Exteriores. Conformada por las siguientes series:
Ø Dirección General de Migraciones.
Ø Registro de Libros de Inmigrantes (1920 – 1968).
Ø Salvoconductos (1942 – 1955).
Ø Registro de Pasaportes Peruanos (1942 – 1955).
Ø Cuentas Consulares (1942 – 1971).

· Fomento. Cuenta con las siguientes series:
Ø Patentes (1890 – 1967).
Ø Tierra de Montañas (1887 – 1964).
Ø Bienes Nacionales (1889 – 1957).
Ø Expedientes Laborales (1919 – 1946).

· Agricultura. Conformada por las siguientes series:
Ø Aguas de Regadío (1865 – 1968).
Ø Comunidades Campesinas (1925 – 1970).

· Trabajo. Cuenta con la siguiente serie:
Ø Asuntos indígenas (1825 – 1968).

· Poder Legislativo. Normas legales. Conformada por las siguientes series:
Ø Autógrafas de Ley (1829 – 1990).
Ø Partidas de Defunción (1885 – 1940).

· Fondos Varios y Colecciones. Cuenta con los siguientes:
Ø ENAFER (1765 – 1919).
Ø Tribunal de Sanción Nacional (1930 – 1932).
Ø Comisión Pro – Desocupados (1931 – 1954).
Ø Archivo Agrario (1668 – 1969).
Ø Periódicos (1827 – 1969)[9].
Ø Antonio Raimondi (1852 – 1869).
Ø Angélica Palma (1896 – 1948).
Ø Miscelánea (1598 – 1930).
Ø Archivo Audiovisual: Planos, Fotografías, Diapositivas.


2) El Archivo Histórico de Límites

Creado a iniciativa de la Dirección de fronteras y límites del Ministerio de Relaciones Exteriores, presenta 2 secciones: la Colonial y la de Límites; la cual, presenta los siguientes fondos documentales:

· Colombia. Cuenta con las siguientes series:
Período 1822 - 1981
Ø Diversas negociaciones, tratados y convenios.
Ø Caquetá, Leticia y Protocolo de Río de Janeiro.
Ø Demarcación y Reposición de Hitos.
Ø Colombia, Ecuador y Brasil.
Ø Generalidades

· Chile. Conformada por las siguientes series:
Período 1835 – 1941
Ø Negociaciones para el Plebiscito.
Ø Política de chilenización de Tacna y Arica.
Ø Conferencia de Washington.
Ø Tratado.
Ø General.

· Brasil. Cuenta con las siguientes series:
Período 1492 – 1955
Ø Incursiones portuguesas.
Ø Tratados de Madrid y San Ildefonso.
Ø Límites con Portugal.
Ø Portugueses en general.
Ø Iniciación de la república.
Ø Tratados de 1851, Petrópolis y Velarde – Río Branco.
Ø Navegación del Amazonas: Tabatinga, Yavarí, Yurúa y Purús.
Ø Tratado Brasileño – Boliviano.
Ø Comisión de delimitación.
Ø Negociaciones modernas.
Ø Correspondencia general.

· Bolivia. Conformada por las siguientes series:
Período 1494 – 1970
Ø Superior de Gobierno.
Ø Corregimientos: Cusco y Puno.
Ø Intendencias: Cusco y Puno.
Ø Notarios y Escrituras Públicas: Cusco.
Ø Real Audiencia: Cusco y Charcas.
Ø Real Hacienda: Cusco y Puno.
Ø Formación de la República de Bolivia.
Ø Tratados y Negociaciones.
Ø Comisión demarcadora.
Ø Incidentes fronterizos.
Ø Comisión de vías fluviales.

· Ecuador. Cuenta con las siguientes series:
Período 1548 - 1951
Ø Administración Colonial.
Ø Eclesiástico Colonial.
Ø Formación de la República del Perú.
Ø Departamentos fronterizos.
Ø Eclesiástico Republicano.
Ø Tratados y Negociaciones.
Ø Arbitrajes.
Ø Informes de territorios.
Ø Posesión de territorios.
Ø Comisión demarcadora


La sección colonial presenta una serie de fondos documentales, cuyos marcos cronológicos finales están en la etapa republicana:

· Arequipa (1615 – 1894).
· Arica (1598 – 1901).
· Ayacucho (1616 –1829).
· Cusco (1535 – 1895).
· Chiloé (1786 – 1824).
· Lima (1593 – 1903).
· Loreto (1776 – 1853).
· Piura (1663 – 1888).
· Puno (1577 – 1925).
· Puno (1577 – 1925).
· Tarapacá (1697 – 1888).
· Tacna (1652 – 1908).


Los principales archivos de provincias son los departamentales, los cuales se encuentran en:

· Amazonas.
· Ancash.
· Apurímac.
· Arequipa.
· Ayacucho.
· Cajamarca.
· Cusco.
· Huancavelica.
· Huánuco.
· Ica.
· Junín.
· La Libertad.
· Lambayeque.
· Lima provincias (Guacho, Chancay, Cañete, etc.).
· Loreto.
· Madre de Dios.
· Moquegua.
· Pasco.
· Piura.
· Puno.
· San Martín.
· Tacna.
· Tumbes.
· Ucayali.




II) IMPORTANCIA DE LAS FUENTES EN QUEHACER HISTÓRICO

EL HISTORIADOR Y LAS FUENTES



1. UNA NUEVA VISIÓN DE LAS FUENTES


A) La información historiográfica: las fuentes

El conocimiento histórico como cualquier otro se construye con información y conceptos, con observación y con pensamiento formal, estando ambas cosas ligadas dialécticamente. En consecuencia, son dos los elementos para penetrar la realidad de los histórico: la adquisición de la información y los instrumentos operativos conceptuales más apropiados. Esto quiere decir, que es preciso hablar primero de las fuentes de la historia y después de las categorías que emplea el historiador. Es imprescindible que se disponga, de técnicas que permitan obtener información en las mejores condiciones y nos permitan un análisis más fiable.
La tradicional consideración de las fuentes de la historia como las referidas casi en exclusiva a la documentación original de archivo, debe ser sustituida inexcusablemente hoy por un concepto mucho más amplio, dentro del campo de la documentación. La tradicional fuente de archivo que ha sido la pieza esencial de la documentación histórica en la tradición positivista, y que vino a reemplazar a la historia que se componía siempre sobre relatos históricos anteriores, hoy es un tipo más, y no necesariamente el más importante, entre los medios de información histórica.
Una de las características más acusadas del moderno progreso de la utilización de la documentación histórica, es la concepción cada vez más extendida de que la fuente, para la historia, puede ser cualquier tipo de documento existente, cualquier realidad que puede aportar testimonio, huella o reliquia, cualquiera que sea su lenguaje. En este sentido es importante las ideas de la escuela de los Annales, en donde Lucien Febvre afirmó: “Hay que utilizar los textos, sin duda. Pero todos los textos. Y no solamente los documentos de archivo a favor de los cuales se ha creado un privilegio... También un poema, un cuadro, un drama son para nosotros documentos, testimonios... Esta claro que hay que utilizar los textos, pero no exclusivamente los textos...”.
El término de información historiográfica parece el idóneo para expresar adecuadamente la problemática actual de las fuentes históricas. La información debe ser distinguida de la información histórica. Esta última puede entenderse de su acepción de conocimiento y difusión de la historia escrita, elaborada, del producto de la historiografía, que llega al público en forma de libros, textos diversos, colecciones gráficas u otras obras o soportes –video, cine -. La expresión información histórica puede recoger con menos dificultad y con menos posibilidad de equívocos la idea de informaciones primarias, los testimonios, los materiales de observación a partir de los cuales el historiador establece una síntesis histórica.
La investigación histórica, desde el punto de vista de sus fuentes, tiene dos momentos: la definición del asunto a investigar; la búsqueda de las fuentes de información. Es decir es el problema el que condiciona las fuentes y no al contrario, al menos en un correcto entendimiento de lo que es progreso de los conocimientos. La expresión información historiográfica, recoge bien , la idea de fuente de la historia. La información y documentación de un problema es el paso subsiguiente, en todo inicio de un proyecto de investigación.
La extensión del concepto de fuente, la caracterización de los objetivos, la necesidad y las técnicas de la crítica de fuentes, la conceptualización de las disciplinas auxiliares que han sido el apoyo tradicional del historiador para la interpretación de las fuentes, han cambiado radicalmente. Han quedado arruinadas tres viejas concepciones: la de las fuentes de la historia y su crítica como el origen de toda investigación; la distinción entre fuentes primarias y secundarias; la concepción tradicional de las ciencias auxiliares de la historia.
La ideas de información y documentación en la investigación son esenciales hoy en el uso de las fuentes en la investigación, da la enorme variedad de ellas que son posibles de utilizar. La información histórica es algo más que la mera lectura de las fuentes y la trascripción de las noticias que facilitan. La información es un elemento permanente del método. La tradicional crítica de las fuentes ha de verse, en la depuración de la información.


B) El concepto de fuente

Marc Bloch muestra que la pretensión de que el presente es aquella fase temporal que tiene el privilegio único de poder ser observado no es del todo real. La coincidencia con el pasado estriba, en que lo entendemos como presente tampoco es observable directamente. Recíprocamente, la observación del pasado, además, no se distingue siempre de la del presente. Es decir la vieja tesis acerca de la imposibilidad de una observación de la historia, sobre la que se basaría la absoluta singularidad del conocimiento histórico, tiene, por tanto, escasa base.
Sobre qué evidencia, o información, se basa el conocimiento histórico, sobre qué materiales construye el historiador sus datos, es una cuestión cuya importancia no necesita ser ponderada. La idea de fuente adquiere su importancia fundamental, si se repara en que todo conocimiento tiene siempre algo de exploración de huellas. En historiografía, esto tiene una especial relevancia, pero no está desprovisto de sentido en ningún otro tipo de conocimiento. Fuente histórica sería, en principio, todo aquel objeto material, instrumento o herramienta, símbolo o discurso intelectual, que procede de la creatividad humana, del cual puede inferirse algo acerca de una determinada situación social en el tiempo. Esto indica su carácter amplio y heterogéneo de una entidad como la fuente.
La diferencia sustancial entre el acervo documental que lega la historia y la documentación utilizable por cualquier otro tipo de investigación social, es la finitud irremediable de todo lo que es documentación de la humanidad en el pasado. Las fuetes históricas son teóricamente finitas. La cuestión es si están descubiertas o no. De ello no se deduce en absoluto, que la investigación de algún momento de la historia pueda detenerse por agotamiento de las fuentes. Ni la investigación histórica ni ninguna otra depende en exclusiva de la aparición de las fuentes de información, sino de explicaciones cada vez más refinadas.
La idea tradicional de fuente histórica ha de ser reformulada, pues, en el contexto más adecuado de la idea de información documental, las fuentes para la historia tiene una variadísima procedencia. El archivo histórico constituye hoy uno de los repositorios fundamentales de la documentación histórica, pero en modo alguno las fuentes históricas tienen en exclusiva esa procedencia. Como por ejemplo, la historia antigua, no existen archivos en el sentido habitual de esos organismo, o la contemporánea que tiene que hacer uso de fuentes de muchas procedencias.


C) Una nueva taxonomía de las fuentes históricas

La ampliación del concepto de fuente, la generación de posibilidades de exploración de objetos materiales o de realidades intelectuales como fuente de información histórica, la extensión del campo de la realidad que los historiadores exploran habitualmente, hace que las viejas consideraciones sobre el carácter, crítica y uso de las fuentes históricas sean hoy casi inservibles. Una de las cuestiones previas, para el estudio profundo de las fuentes históricas, es la de establecer una taxonomía adecuada y suficiente de la variedad de fuentes posibles.
En la clasificación o taxonomía de fuentes pueden aplicarse distintos criterios, que permitan referirse globalmente a todas las fuentes posibles, sea cual sea su procedencia, soporte y aspecto; pero es necesario, que tales criterios sean útiles para algo que resulta imprescindible en todo tratamiento de las fuentes históricas: su evaluación. Por ello la necesidad de establecer varios, criterios clasificatorios.

Criterios taxonómicos

Una taxonomía completa de las fuentes de información, sólo es realizable por la combinación de puntos de vista, de criterios, diversos en orden a la distinción y evaluación y, en definitiva al uso que el investigador hará de sus fuentes. Es posible atender a un cuádruple criterio básico de fuentes, ubicadas en una clasificación, sin orden de prelación:

Criterios taxonómicos
Posicional: fuentes directas o indirectas.
Intencional: fuentes voluntarias o no voluntarias.
Cualitativo: fuentes materiales, arqueológicas o culturales divididas en verbales o no verbales; dentro de las verbales las escritas (en las que se encuentran las narrativas y no narrativas) y las orales; y las no verbales dividida en semiológicas y audiovisuales.
Formal – cuantitativo: fuentes seriadas (seriables) o no seriadas (no seriables).

Esa taxonomía permitiría una variación, más bien formal, que atendiera a la posición, la intención, la información cuantitativa y cualitativa.


Caracteres taxonómicos de los tipos de fuentes

La clasificación por criterios específicos, tienen que ver con la naturaleza interna de las fuentes y no con la forma en que han de ser leídas, o sea, por la forma en que extrae de ellas la información (escritas, orales arqueológicas, etc.), permite una gran flexibilidad. Estos criterios y las correspondientes categorías complejas que de ellos se desprenden, tienen un valor técnico al favorecer de modo especial la observación, crítica y evaluación de documentales. Son criterios combinables en la búsqueda de la correcta ubicación taxonómica de una fuente.
La clasificación de las fuentes, facilita un criterio orientativo, que facilita la búsqueda de las fuentes idóneas para el estudio de determinadas situaciones históricas, teniendo en cuenta siempre que el ideal de una investigación es el uso de las más variadas fuentes posibles y la confrontación sistemática entre ellas. Aún así sería posible encontrar, fuentes de clasificación dudosa o imposible.
Una clasificación de fuentes, que se limite sólo lo material o arqueológico, tendría una utilidad técnica limitada. Una buena taxonomía de las fuentes no es, en definitiva, una cosa fácil. Esta determinado esto último, al criterio del investigador a la hora de preocuparse por la documentación idónea, para el establecimiento de conclusiones. Se señalaran algunas características de los criterios de clasificación:

a) Criterio posicional. Fuentes directas e indirectas.
También interpretadas como primarias o secundarias. La distinción entre fuentes directas e indirectas clásicamente, era aplicable más que a la categoría misma de la fuente a la naturaleza del testimonio contenido en ella. Una fuente directa era un escrito o relato de algún testimonio presencial del hecho, de un protagonista, de una documentación que venía del objeto en estudio. Una fuente indirecta era una fuente mediata, una información basada, a su vez, en otras informaciones no testimoniales. En definitiva se trataba de una clasificación aplicable a los escritos cronísticos, a las memorias, a los reportajes. Las fuentes eran de uno u otro tipo, según la manera en que la información era recogida, según la cercanía de la fuente a los hechos narrados.
Pero hoy la categorización directa / indirecta sin abandonar del todo su originalidad (información a primera mano o no), debe atender primordialmente a la funcionalidad o idoneidad de una fuente en relación con el tipo de estudio que se pretende. Se traslada así el criterio de clasificación desde la naturaleza de la información al tipo de investigación que se emprende. De esta forma una fuentes pueden ser directas para un determinado asunto e indirectas para otro. Así, ciertos documentos históricos muestran una extremada polivalencia. Las vidas de santos informan sobre todo del simbolismo religioso puesto que intentan edificar al fiel, pero al mismo tiempo son fuente inestimable sobre las costumbres de una época, por ejemplo. Este criterio de clasificación de las fuentes, por tanto, deja actuar ,más a los conceptos relacionados con la pertinencia metodológica que a la forma de reunir la información.
El criterio posicional nos lleva al problema del carácter de las fuentes en relación con los períodos históricos que tratamos. Cada período tiene algunas fuentes enteramente típicas. Compárese el asunto de las fuentes antes de la aparición de la escritura y después, o el tipo de fuentes históricas que generan las sociedades preindustriales en relación con las industriales. Por ello la teoría de las fuentes, según criterios posicionales, nos lleva a contemplar las fuentes históricas estrechamente ligadas a la historia que se pretende investigar.
La cercanía o alejamiento de un determinado tipo de fuentes, en relación con la situación de la que dan cuenta han planteado en la historiografía tradicional, el embrollo de la distinción entre documentación y bibliografía, o entre fuentes primarias o secundarias. Sin embargo, esas diferencias no obedecerían en realidad a un criterio posicional, sino más bien intencional. Documentación es la información no elaborada, no discursiva. Bibliografía define más bien el contexto científico, el estado de la cuestión, en el que nos movemos. De esta forma se plantearía, si una crónica es una documentación o bibliografía, o si hay sentido en aplicar un criterio cronológico como distinción y ayuda a la clasificación. Parece claro que no. La distinción debe establecerse entre lo que es crónica – testimonio o lo que es estudio historiográfico.

b) Criterio intencional. Fuentes testimoniales y no testimoniales.
Dentro de la discriminación de las fuentes, un carácter que resulta básico en su evaluación es la voluntariedad. Es radicalmente diferente, que una creación humana haya sido concebida como testimonio histórico o que, por el contrario, haya sido producida en el curso de una actividad y finalidad social que en absoluto tienen como horizonte la testimonialidad. Por ello se llaman testimoniales, a las fuentes que proceden de un acto intencionado y no testimoniales a las fuentes involuntarias.
El conocimiento dentro de un documento, es esencial por la información que trasmite. Por ello, la clasificación de las fuentes según el carácter y el proceso de su producción tiene un innegable interés para el ejercicio de la crítica frontal, manteniendo la independencia del documento encontrado. A través de una hermenéutica nada complicada parece fácil diferenciar la problemática crítica que presentarían las fuentes. En casi todos los aspectos atendibles en el proceso de su producción, estos dos tipos de fuentes muestran una diferencia radical.
En definitiva, el mecanismo de producción de un documento de cualquier tipo empleado como fuente de información histórica, mecanismo en el que habría de considerarse desde la intención hasta el material mismo de que esta hecho el documento, es esencial en la evaluación de las fuentes. Un testimonio que fue producido para crear una forma de memoria histórica, no puede tener el mismo tratamiento y valor que el producto material de la actividad cotidiana del hombre.
La fuente voluntaria, la que llamamos testimonial, es la fuente clásica, la fuente por excelencia, aquella que durante siglos se ha basado toda la tarea de la reconstrucción de la historia hasta la época de la ilustración. La fuente voluntaria es la que ha constituido la memoria oficial de las sociedades, es el reflejo del “imaginario” que los componentes de un grupo construyen, de su mentalidad e ideología, es la que refleja el conflicto interno de toda sociedad.
Las más perfectas y objetivas inferencias que puede hacerse de los colectivos humanos, lo son a través de sus productos objetivados, de sus huellas no intencionadas, no voluntarias, no testimoniales. Son los vestigios del hombre que se han conservado sin que este se haya propuesto conscientemente su conservación como testimonio histórico. Forman parte de ellos, los restos arqueológicos, etnográficos; lo son todos los productos de las burocracias normalizadas. Lo que podemos llamar memoria infraestructural.
Es normal que la historiografía científica prefiera trabajar con fuentes no testimoniales. Las testimoniales son presumiblemente las más manipulables. Pero hasta hoy, la mayor parte de la historia del mundo, se ha hecho sobre fuentes testimoniales. La historia anterior al historicismo del siglo XIX no concebía otro tipo de fuentes sino los vestigios que el hombre deja de si mismo, de manera histórica. De ahí el adelanto que supuso la valoración fundamental del documento histórico, del material de archivo que podía darnos a conocer cosas no preparadas para crear una especial memoria histórica. Y la validez y fecundidad del concepto de historia inconsciente.
El problema de las fuentes no testimoniales, por que no fue originalmente concebida como tal, es menor la cantidad de información que procura. Esto tiene dos visiones: de una parte exige mayor esfuerzo de interpretación, un esfuerzo de lectura muy sofisticada, que ha de comenzar descifrando con garantía los lenguajes –de todo tipo- en que los documentos se expresan; y la otra visión es aquella donde todas las fuentes no testimoniales, tienen mayores problemas de contextualización. No dice lo mismo una fuente arqueológica, un instrumento de labranza primitivo, por ejemplo, que un texto escrito que nos hablase de ello. La producción no testimonial está mucho menos elaborada que la contraria. En ello reside su gran ventaja en cuanto información objetivada, o no contaminada, pero ahí reside también su dificultad técnica de manejo.


C) El criterio cualitativo.
Fuentes materiales y culturales.
Es una de las clasificaciones más complejas, por la gran cantidad de tipos de fuentes, que en función de su contenido, soporte, campo, etc.; pueden encontrarse en una investigación. Existe dos tipos clasificatorios de fuentes dentro de este rubro, verbales / no verbales o culturales / materiales. Incluso, dentro de las fuentes verbales pueden establecerse otra importante dicotomía entre fuentes narrativas y no narrativas.
Este tipo de criterio taxonómico que se basa en la diferenciación del tipo de lectura que puede hacerse de una fuente. Es decir de una fuente pueden importar dos cosas: su propia y aparente materialidad o el mensaje que, a través de su materialidad, se expresa. Unas fuentes interesan como objetos, otras interesan por su mensaje del que el objeto mismo es mero soporte. Normalmente, toda fuente interesa por ambos aspectos, pero ambos pueden y deben separarse por criterios taxonómicos. Aquellos documentos históricos cuyo valor informativo reside, en primer lugar, en su propia materialidad precisan, sin duda, un tratamiento diferente de aquellos otros cuya identidad y valor residen en lo que dicen, en su contenido intelectual. No es difícil establecer una distinción entre fuentes materiales y fuentes culturales o, si se quiere, entre arqueológicas y filológicas.
Los documentos culturales son, sin duda, un amplio tipo de fuentes donde se incluyen todas aquellas en las que es posible separar un soporte de un contenido de información. Fuentes culturales son todas las existentes que no son fuentes arqueológicas, es decir, escritas, habladas, simbólicas o audiovisuales que trasmiten un mensaje en lenguaje más o menos formalizado.

Fuentes narrativas y no narrativas.
En las fuentes culturales, en las fuentes expresadas en lenguaje verbal, la moderna crítica ha de incluir una referencia a su carácter narrativo o no narrativo. Estas fuentes son categorías centrales en lo que es el discurso textual. Las fuentes no narrativas son una categoría muy genérica que deja fuera sólo una categoría bastante homogénea pero extensísima: todo lo que es el relato.
La historia tradicional se hacía esencialmente sobre fuentes narrativas: crónicas, relatos, reportajes, memorias, que eran ya en sí mismas una historia en cuanto a narración. El adelanto fundamental de la moderna historiografía en materia de fuentes, reside en el uso de fuentes no narrativas. A su vez, la diferencia en el tratamiento entre las fuentes culturales de todo tipo y las arqueológicas, también de todo tipo –desde los restos prehistóricos a la llamada arqueología industrial-, es tal que estas últimas requieren para su uso, el auxilio de técnicas de gran especificidad normalmente tomadas en préstamo a otras disciplinas.

d) Criterio cuantitativo. Fuentes seriadas y no seriadas.
Son un tipo de fuentes de una extraordinaria importancia conceptual, crítica y técnica. Sin los conceptos discriminatorios de fuentes seriadas (seriables) y no seriadas (no seriables), muchos de los progresos de la historiografía de los últimos decenios no hubiera sido posible. Una fuente seriada, material o cultural, que está compuesta de muchas unidades o elementos homogéneos, susceptibles de ser ordenados, numéricamente o no. Estamos ante fuentes que se componen de un número plural de elementos de información o conjuntos de ellos formalmente iguales –que permiten el uso de los conceptos de variable, de caso o de registro en una base de datos- y que, en definitiva, dan cuenta de un hecho repetido, redundante. Hay, o puede haber, una extremada variedad de fuentes seriadas o susceptibles de seriación: desde un fichero policial a una contabilidad de empresa o desde un libro de protocolos de un notario hasta los anuarios estadísticos de una serie de años. Unas fuentes se presentan, por su naturaleza, seriadas: las escrituras de tasación o de venta de bienes del siglo XIX. Otras no están seriadas por su naturaleza, pero son seriables: un conjunto de testamentos, los sermones religiosos de una determinada época, los discursos políticos, etc.
El contenido o la materialidad comunicacional de una fuente pueden ser sometido hoy a algún tipo de seriación si ello es útil para el objetivo de una investigación. Pueden ser reducidos a una matriz de datos desde las características mas externas de una fuente, como pueden ser los colores de cada una de sus partes, hasta las distribuciones de frecuencias de las palabras de un texto o de las cantidades de unas cuentas. La diferencia estriba en que una fuentes aparecen construidas sobre la seriación –así, las fuentes económicas, de forma habitual y arquetípicamente- mientras que en otras la seriación ha de ser hecha por el historiador. Las fuentes no seriadas o no seriables serían esencialmente las cualitativas.
La condición de seriadas o no seriadas alude esencialmente, no de forma exclusiva, ha la distinción que puede hacerse de las fuentes entre aquellas que presentan, o de las que pueden extraerse, un contenido expresable numéricamente , frente a las que no tienen esta posibilidad. Nos encontramos así ente el muy tratado tema de la existencia de magnitudes mensurables implicadas en la investigación histórica y sus características. La vieja discusión, y la vieja forma de optar, entre fuentes cualitativas y fuentes cuantitativas, la oposición entre ellas, carece hoy prácticamente de sentido. Rara es la fuente de contenido no narrativo, incluyendo desde luego las verbales de ese tipo, que con los medios técnicos hoy existentes no sena susceptibles a algún tipo de seriación. La seriación tiene relación con la cantidad, pero lo que importa no es siempre el número sino la repetición, la recurrencia.
Realmente, seriadas en el tiempo están todas las fuentes por lo que tal característica no tiene interés taxonómico, aunque si, técnico en su tratamiento por parte del investigador. Fuentes no seriadas son las tradicionales fuentes cualitativas generalmente escritas: crónicas y memorias, documentos diplomáticos, restos arqueológicos en determinadas circunstancias, etc. La habilidad técnica del historiador debe ser la suficiente para expresar en forma de series, si ello es preciso para el análisis, para la comparación o la estadística, las informaciones que procuran sus fuentes.


D) Los fundamentos del análisis documental: la crítica de las fuentes

Los problemas de la información empírica que se presentan en cualquier tipo de investigación social han adoptado en la historiografía unas curiosas manifestaciones. Resulta sintomático, que el método histórico se haya creído durante décadas que se basaba en, y se dirigía a, buenas y veraces fuentes de información. Nadie duda de que esto es esencial en la investigación histórica, pero en modo alguno agota su método.

Los progresos de la crítica fontal

La crítica de las fuentes está en estrecha relación, con los medios técnicos para dictaminar su autenticidad y su datación, para dilucidar la historia material interna de ellas mismas y de los soportes que las contienen. Medios que están relacionados con las técnicas de laboratorio, químicas, electrónicas, informáticas y de otros tipos. La crítica y evaluación de fuentes ha cambiado en la medida en que lo han hecho el concepto de fuentes y, por tanto, las fuentes realmente utilizadas.
Una prueba de estos adelantos no da, por ejemplo, el de que sea normal que los supuestos manuales de metodología existentes no aludan a los problemas de la prensa como fuente y, por otra parte, también como ejemplo, que hasta no hace aún muchos años, en bastantes repositorios documentales se distinguía entre una documentación que era o tenía carácter histórico y otra que carecía de tal cualidad y era considerada documentación administrativa. Y no se trataba ya de una distinción originada en la ambigüedad de la documentación –lo que justificado esa diferenciación- sino de su cualidad. Una distinción de ese género es impensable hoy.
El progreso de la historiografía en el siglo XX, no ha dejado intacto el panorama de la vieja crítica. De una parte, aquellas disciplinas historiográficas que más contacto han tenido con los adelantos técnicos –es decir, la arqueología, y sobre todo la arqueología prehistórica, la paleontología humana, la archivística, y en relación, con los progresos de la filología, la historia antigua y medieval, o la contemporánea por lo que se refiere a la economía y sociología, etc.-, han podido perfeccionar hasta extremos muy considerables los recursos técnicos para la comprobación de la autenticidad de las piezas o los textos fontales.
Pero los progresos de la crítica se deben en igual o parecida medida al progreso mismo de las concepciones sobre la historiografía, a los progresos de la filología, las técnicas de análisis textual, la comparación estadística y el propio diseño de la investigación histórica. El problema de la crítica de las fuentes, deben ponerse en contacto del laboratorio químico, de los análisis lingüísticos, de técnicas de análisis de textos, incluida la informática, de los conocimientos crítico – documentales o de la estadística. La crítica de las fuentes se ha convertido en una tarea tecnificada, más fácil y más compleja a un tiempo, que las antiguas. En este campo se arrastra, mucha técnica obsoleta e ineficiente, entre los que destacan la persistente idea de que la actividad historiográfica no tiene relación con ningún otro de los conocimientos y técnicas de trabajo en la investigación social.
Dentro del aporte de la escuela de los Annales, Bloch habla sobre la función de los documentos, y la forma de interrogarlos, de la persecución del error y la mentira, pero también del sentido que se puede extraer de un documento que miente. La mentira es también fuente de la historia.


El análisis documental en historiografía

La crítica de las fuentes, hoy es sustituida por el análisis documental. El análisis documental es algo más que la clásica crítica en sus aspectos de autenticidad, veracidad y objetividad, en sus aspectos de crítica interna y externa, y sustituye la vieja distinción entre heurística, metódica y sistemática. La preparación y manipulación de las fuentes de información se encuentra ligado al proceso metodológico normal; no es algo desconectado de las demás operaciones metodológicas. La información tiene un papel esencial a lo largo de todo el proceso metodológico. El análisis documental encaja en el proceso de investigación científica que considera que las fuentes equivalen el campo general de observación en el que han de obtenerse los datos.
La actividad crítica y evaluativa de las fuentes es esencial, en el aprendizaje del método historiográfico. El acopio de la evidencia documental es la base empírica decisiva de cualquier investigación y la idoneidad de tal base, relativa siempre al tipo de objetivos que la investigación pretende, es la función final de la crítica y evaluación de las fuentes. Para ello esta la crítica y evaluación requiere una preparación teórica, metodológica y técnicas que incorporan no sólo recursos técnicos, sino también intuición y rigor de la aplicación del método. Pero tampoco es ajeno el ejercicio de la práctica de la investigación.
En la metodología historiográfica, la obligatoriedad y la necesidad técnica de la crítica y evaluación del campo de observación o fuentes procede de 4 principios básicos, dos de los cuales son propios de la naturaleza específica de la documentación histórica:
a) Que los hechos estudiados sólo son captables por inferencia desde los restos o huellas.
b) Que la información histórica se genera en fuentes de extraordinaria heterogeneidad.

Los otros dos condicionamientos que son, sin embargo, comunes a todas las documentaciones:

c) La búsqueda y el tratamiento de las fuentes está ligado al campo de la ciencia social, al de la adecuación entre las hipótesis orientadoras de la búsqueda y el tipo de hechos que contribuyen a hacer fecundas tales hipótesis. Es por ello que la crítica de la adecuación, no contiene sustancialmente aspectos técnicos sino epistemológicos y contextuales. Toda investigación parte de un problema y no de una fuente. El problema en cuestión decide siempre la crítica de adecuación.

d) Las fuentes por si mismas pueden aportar un componente de distorsión de la realidad. No la que introduce el historiador, como efecto de dificultades de método o técnica, o como efecto de presunciones ideológicas, sino aquella distorsión que se encierra ya en la propia fuente y que, como cualidad intrínseca de ella, plantea además problemas de lógica y contenido. La distorsión o los errores que contienen las fuentes presentan un problema crítico de primera magnitud que ya vio Marc Bloch: la intencionalidad de los errores es por si misma una fuente impresionante de verdad en la historia, ¿por qué miente el que miente?...
El análisis documental en la historiografía, tiene aspectos instrumentales y epistemológicos. Como en toda ciencia normalizada, es preciso depurar los datos, lo cual constituye una de las tareas del contexto metodológico de la observación. Estas operaciones técnicas son llamadas “análisis de la fiabilidad de las fuentes”. Pero en la historiografía hay una vertiente más, como es la del establecimiento del propio y adecuado tipo de fuentes a emplear. La investigación de este aspecto es lo que se llamará “el análisis de la adecuación de las fuentes”. Este sería la búsqueda de respuestas a preguntas tales como ¿qué carácter tiene una determinada investigación?, ¿qué tipo de fuentes serán precisas?, ¿qué puede hacerse con las encontradas?. Los objetivos de la investigación condicionan la adecuación de la fuentes. La pregunta sobre qué fuentes serían precisas es un problema en buena parte teórico, de una buena conceptualización previa o de hipótesis claras. Es un problema heurístico. Mientras que el saber para qué puede servir una fuente encontrada es un problema hermenéutico de gran interés.
En consecuencia, al análisis documental es el conjunto de principios y de operaciones técnicas que permiten establecer la finalidad y adecuación de cierto tipo de informaciones para el estudio y explicación de un determinado proceso histórico. La crítica no se agota, en la depuración de los datos, esto es un primer paso para aquella.
Esto no quiere decir, que los viejos y clásicos criterios queden desterrados, es evidente que una fuente, o la distinción entre su forma y su contenido, así como su origen, son operaciones inexcusables. Todas ellas pueden reunirse en el análisis de la fiabilidad. Esta evaluación debe ser exigida a cualquier documentación que tenga algún tipo de información. Toda investigación requiere sus fuentes y, por tanto, su crítica. Es útil el clásico criterio que llevaba al investigador desde una crítica de las fuentes –conservación, rasgos taxonómicos, soporte, etc.- a una interna propiamente, el contenido, el mensaje, el análisis mismo de la información.
El historiador debe integrar todas las operaciones desde las añejas (paleografía, diplomática, epigrafía, numismática, sigilografía) hasta, el adelanto de las ideas metodológicas y de las técnicas (documentación, archivística, lexicografía, etc.). La formación del historiador a de ampliarse a nuevos campos, mas selectiva y especializada.


El proceso del análisis documental

La fiabilidad y adecuación son características que una fuente debe poseer para ser considerada como tal en una investigación. A pesar de ser un problema previo a resolver, lo más importante es hacer uso correcto de ellas.
La idea de fiabilidad sustituye a las antiguas conceptuaciones como autenticidad, veracidad, objetividad. Tan importante como la fiabilidad, es la adecuación de una fuente, para emitir información acerca de un determinado asunto, supera la crítica tal como la entendemos habitualmente. El problema de la adecuación de las fuentes ha sido, normalmente marginada por la preceptiva historiográfica de origen historicista. El juicio de adecuación es una decisión metodológica pero es más importante que la propia crítica externa, según la llamaban los clásicos.

La manera en que el análisis de la fiabilidad y la adecuación se relacionan puede presentarse así:

HIPÓTESIS DE TRABAJO

La fiabilidad. Al análisis de fiabilidad de las fuentes se basaría en una batería de medios instrumentales mas o menos sencillos y directos que incluirían cosas como:

Autenticidad
Técnicas de datación (estratificación, radiactividad, comparación de dataciones explícitas).
Técnicas lingüísticas (lexicografía, análisis del estado de la lengua, erudición literaria y crítica histórica).
Análisis de la historia de la fuente.

Depuración de información:
Coherencia interna de la fuente (rastreo de interpolaciones).
Comprobación externa de la información.
Investigación por encuesta o cuestionarios comparativos.

Contextualización
Técnicas de clasificación documental.
Análisis de series o familias de documentos.
Comparación de fuentes diversas.

La crítica documental, ha de echar mano de varios tipos de técnicas: filológicas, estadísticas, de laboratorio, etc. Pero siempre la evaluación de una fuente ha de atender en primer lugar a establecer la historia de la fuente misma. El origen, vicisitudes y trayectoria de una fuente hasta llegar a nuestras manos puede ser una extraordinaria información para proceder desde ella la crítica. Conocida la historia de la fuente es posible proceder ya a su observación. Examinada adecuadamente una fuente, puede pasarse a su análisis interno. Este tipo de análisis será más claro y ordenado si se guardan precauciones para que el análisis clasifique la fuente en cuanto al tipo de informaciones que es capaz de ofrecer. La crítica utiliza, medios propiamente técnicos y otros de análisis histórico. El tipo de fuentes ante las que nos hallemos harán prevalecer unos procedimientos sobre otros. Ya sea críticas textuales, análisis arqueológicos con ayuda de técnicas auxiliares, valoración de fondos archivísticos, valoración de testimonios orales, etc.

La adecuación. Su análisis es una tarea de mayores contenidos teóricos que técnicos, formando parte del proceso de evaluación de las fuentes. En el terreno práctico, el diseño de una investigación puede carecer de fuentes de información o también de todo lo contrario: del hallazgo de nuevas fuentes aplicables al estudio de problemas ya conocidos y definidos o, incluso, del hallazgo de documentaciones –de cualquier tipo- de cuya exploración primaria se deduce que pueden ser aplicadas al estudio de alguna cuestión nueva o ya planteada anteriormente.
Ninguna cosa como el origen de una investigación social e histórica se presta tanto para la presencia de la casuística variadísima que depende de una variedad de factores: el estado de los conocimientos, el interés intelectual o demanda de la opinión pública, necesidades ideológicas, modas intelectuales, etc. La relación entre tema y fuentes es siempre dialéctica y es ella la que explica y condiciona el diseño de una investigación. La dialéctica entre problemas, hipótesis y fuentes es también la que plantea la necesidad de un estudio de la adecuación.
Son fuentes adecuadas para un tema aquellos conjuntos documentales capaces de responder a mayor número de preguntas, con menos problemas de fiabilidad, de menos equivocidad o mejor adaptación a los fines de investigación y susceptibles de usos más cómodos. El problema de la adecuación no se presenta como mera posibilidad y necesidad de opción entre unos tipos de fuentes y u otras. Poco exigente, es el investigador que se encuentra satisfecho de sus fuentes. Pasado un cierto umbral elemental de adecuación –es decir, descartando la absoluta disparidad entre la información, por ejemplo, extraíble de una contabilidad y la pregunta por las creencias religiosas del contable...-, las fuentes pueden responder a diverso género de preguntas y dar respuestas a ellas directamente o indirectamente.
El problema de la adecuación está relacionado, con la cantidad de información, para poder decir que un problema es resoluble y de la necesaria variedad de información que permita dar generalidad a las respuestas. Las fuentes son adecuadas cuando, pasado el umbral mínimo entre lo que se pretende preguntar y a qué o quién se le pregunta, hay de ellas suficiente cantidad y variedad –formal y de contenidos- y cuando han superado una suficiente evaluación de su fiabilidad.
Una evaluación de la adecuación requeriría, pues, prestar atención a cuestiones como:

Demanda de información:
Establecimiento de los tipos de documentos requeridos, según los criterios taxonómicos explícitos.
Cantidad de información precisa.
Variedad delos soportes y contenidos.

Recopilación documental:
Acopio exhaustivo de fuentes.
Búsqueda de fuentes contrastables y comparables.
Posibilidades de análisis de tales fuentes.

Selección:
Jerarquización de las fuentes.
Confrontación con las primeras presuposiciones.
Nuevas búsquedas en función del resultado de las confrontaciones.



2. EL USO DE LAS FUENTES Y SU UTILIDAD PARA EL HISTORIADOR

“No podemos, en esta generación, formular una historia definitiva; pero si podemos eliminar la historia convencional, y mostrar a qué punto hemos llegado en el trayecto que va de ésta a aquella, ahora que toda la información es asequible, y que todo el problema es susceptible de solución”[10].
“Los historiadores consideran que el conocimiento del pasado ha llegado a nosotros por mediación de una o más mentes humanas, ha sido elaborado por estas, y que no puede, por tanto, consistir en átomos elementales e impersonales que nada puede alterar... La exploración no parece tener límites y hay investigadores impacientes que se refugian en el escepticismo, o cuando menos en la doctrina de que, puesto que todo juicio histórico implica personas y puntos de vista, todos son igual de validos y no hay verdad histórica objetiva”[11].
No todas las cosas escritas en los últimos diez años forzosamente tienen que ser verdad. Ni la tarea del historiador es sólo, mostrar lo que realmente aconteció, a pesar de su éxito, entre los historiadores europeos de la primera mitad del siglo XIX; ahorrándoles la cansada obligación de pensar por su cuenta, contando con el apoyo de los positivistas en el peso de los hechos, que fueron muchos durante el XIX.
El hecho esta compuesto por el dato de la experiencia, alejándose de las conclusiones. La historia consiste en un cuerpo de hechos verificados, estos son encontrados en los documentos o inscripciones. Donde el historiador los recoge, para darles su propio condimento, guiado por su opinión libre, cerciorándose de los datos, para luego dar su propia interpretación. Teniendo en cuenta que no todos los datos del pasado son hechos históricos, ni son tratados como tales por el historiador.
Los hechos históricos, son hechos básicos que son los mismos para todos los historiadores, constituyendo la espina dorsal de la historia. No todos los datos interesan al quehacer del historiador, a pesar de que sea necesario el conocimiento de algunos hechos; la precisión es necesaria para su obra, pero no es una virtud. Por ello en cuestiones de este tipo, se hace necesario el apoyo de las ciencias auxiliares, como la arqueología, la epigrafía, la numismática, la cronología, etc. Los llamados datos básicos, son materias primas del historiador que a la historia misma. Y con ello la decisión del historiador, de seleccionar y ordenar los hechos adecuados. Decide a qué hechos se les da paso, y en qué orden y contexto hacerlo. Entender la historia, como un núcleo óseo de hechos históricos existentes objetivamente y con independencia de la interpretación del historiador es una falacia absurda, pero difícil de desarraigar.
Cualquier hecho del pasado, será histórico, si es aceptado por los historiadores como valido e importante. Su condición dependerá de una cuestión de interpretación, el cual esta presente en todo los hechos históricos. Pero no se puede dejar de lado, aquellos hechos o procesos, que no son compilados por la documentación o fuente histórica, u otros que no se conocen o mencionan por consideración del historiador. Por ello el acervo de datos con los cuenta la historia pasada esta plagado de lagunas, por eso se ha dicho que la historia “es un gigantesco rompecabezas en el que faltan numerosos trozos”.
Por ello nuestra parcial visión del pasado, se circunscribe, en una fracción del proceso histórico, ya que no se toma en cuenta a todos quienes intervienen en dicho proceso, desde un esclavo hasta el ciudadano más ilustre. Por ello cuando se lee en la historia medieval o colonial, que la gente era profundamente religiosa, como se sabrá qué aquello es cierto. Lo que conocemos como hechos universales o nacionales han sido seleccionados para nosotros por cronistas, que por su profesión se ocupaban de la teoría y la práctica de la religión y que por lo tanto la consideraban como algo de suprema importancia, y recogían cuanto a ella atañía y no gran cosa más. La historia que leemos, aunque basada en los hechos, no es, puridad, en absoluto fáctica, sino más bien una serie de juicios admitidos.
El historiador de la antigüedad tiene a su disposición un cuerpo manejable de datos, que todavía se ignoran. El historiador más reciente no goza de ninguna de las ventajas de esta inexpugnable ignorancia, le incumbe la doble tarea de descubrir los pocos datos relevantes y convertirlos en hechos históricos, y de descartar muchos datos carentes de importancia por ahistóricos.
Pero con ello entrará a lidiar, lo que es compilable o no, lo que es una fuente o no; habrá una creciente masa de obras llenas de datos, convirtiendo al historiador en una enciclopedia o un compilador, teniendo como convicción de que los datos hablan por sí solos, y que no deben ser rastreados por el análisis del historiador.
El historiador devoto de los datos, llega a ellos en tono reverente, “si lo dicen los documentos, será verdad”. Estos datos a fin de cuentas nos hablan sobre decretos, tratados, cuentas de arriendos, libros azules, correspondencia oficial, cartas o diarios públicos o privados. No hay un dato en dónde se registre normalmente una opinión sobre lo que pasa, pasaba o pasará. Los datos, hayan sido encontrados en documentos o no, tienen que ser elaborados y descifrados por el historiador.
Por ello muchos documentos, muestran según quien los descifre, algún aspecto destacable del investigado o proceso desarrollado, o lo que se desee que se piense o lo que el historiador quiere que se crea. Y si se tratase de una conversación como, por ejemplo entre San Martín y Bolívar, en Guayaquil (1822), tenemos acceso a los documentos en donde la suposición es la base, o las interpretaciones de los hombres de la época, o al imaginario del propio historiador. Por ello los datos, por si solos no constituyen historia.
Pero tengamos en cuenta que muchos historiadores de Europa o con influencia en América del siglo XIX, están envueltos en la doctrina económica de la oferta y demanda; en una visión del mundo serena y confiada, en donde los hechos resultaban satisfactorios, simplemente por serlos. A pesar de ello, las críticas a esta postura, indolente de la historia, se afirmó que la historia consiste esencialmente en ver el pasado con los ojos del presente y a la luz de los problemas de ahora, y la tarea primordial del historiador no es recoger datos, sino valorar, por que si no lo hace ¿cómo puede saber lo que merece ser recogido?. Los hechos de la historia no existen para ningún historiador hasta que él los crea.
La filosofía de la historia no se ocupa del pasado en sí, ni de la opinión que se forma el historiador; sino de ambas cosas relacionadas entre si. El pasado que estudia el historiador no es un pasado muerto, sino un pasado que en cierto modo vive aún en el presente. Y si estuviera muerto, esta relacionado con el significado que le da el historiador a aquel suceso. Por eso toda la historia es la historia del pensamiento, es la reproducción mental de las investigaciones del historiador. La reconstitución del pasado en la mente del historiador se apoya en evidencia empírica, pero su función no es esta, ni mucho menos la enumeración de los datos, es la selección y la interpretación de los hechos.
Los hechos de la historia (fuentes), nunca nos llegan en un estado puro, porque siempre hay una refracción al pasar por la mente de quien los recoge. De ahí cuando llega a nuestras manos los libros de historia, nuestro primer interés debe ir al historiador que lo escribió, y no a los datos que contiene. Hay que estar atento a las “cojeras del libro o documento” que se obtenga. Para E. Carr ...“Y es que los hechos no se parecen en nada a los pescados en el mostrador del pescadero, se asemejan a los peces que nadan en un océano anchuroso y aun a veces inaccesible. Lo que el historiador pesque dependerá en parte de la suerte, pero sobre todo de la zona del mar en que decida pescar y del aparejo que haya elegido, determinados desde luego ambos factores por la clase de peces que pretenda atrapar”. En general puede decirse que el historiador encontrará la clase de hechos que busca. Por ello la función del historiador del presente con los hechos recogidos por las fuentes del pasado, es la de interpretar lo interpretado o controvertible. Debe establecer algún contacto con la mente de aquellos sobre los que escribe.
El historiador pertenece a su época y esta vinculado a ella por las condiciones de la existencia humana. Las mismas palabras que utiliza –democracia, imperio, guerra, revolución-, debe usarlas en el análisis del pasado, no debe regodearse echando mano a palabras de poco uso o dejadas en el olvido histórico. Es como si los historiadores de Grecia o Roma, hicieran sus conferencias con la clámide o la toga. Su función no es armar el pasado ni emanciparse de él, sino dominarlo y comprenderlo, como clave para la comprensión del presente.
El énfasis puesto en el papel del historiador como hacedor de la historia tiende, a descartar toda historia objetiva: la historia es lo que hace el historiador. San Agustín vio la historia desde el punto de vista del cristiano primitivo; los conservadores del XIX, desde su óptica providencialista; los bibliógrafos, desde su cercanía con el personaje descrito; los cronistas de la guerra con Chile, desde su posición geográfica y social en la que se encuentren. A nada conduce preguntarse cual es el punto de vista más adecuado. Esto equivale al escepticismo más total, en donde la historia es “un rompecabezas infantil de letras, con el que podemos formar la palabra que se nos antoje”. Por ello surge la conclusión de que no existe verdad histórica objetiva. Por el contrario es una infinidad de significados, ninguno de los cuales es mejor ni más cierto que los demás.
Si el historiador ve necesariamente el período histórico que investiga con ojos de su época, y si estudia los problemas del pasado como clave para la comprensión del presente, ¿no caerá en una concepción puramente pragmática de los hechos, manteniendo que el criterio de la interpretación recta ha de ser su adecuación a algún propósito de ahora?. Según ello, los hechos de la historia no son nada, y la interpretación lo es todo. Para Nietzche “la falsedad de una opinión no encierra para nosotros objeción alguna contra ella... El problema radica en saber hasta donde contribuye a prolongar la vida, a preservarla, a amparar o aun a crear la especie”. Por eso el conocimiento es conocimiento para algún fin. La validez del conocimiento depende de la validez del fin.
La obligación del historiador hacia los hechos, no termina en la verificación de su exactitud, debe intentar que no falte en su cuadro ninguno de los datos conocidos o susceptibles de serlo, que sean relevantes en un sentido u otro para el tema que le ocupa o para la interpretación propuesta. Pero esto, a su vez, no significa que pueda eliminar la interpretación que es la savia de la historia.
Parece que la idea más corriente es que el historiador divide su tarea en dos fases: una primera, en donde se dedica un largo tiempo preliminar a leer sus fuentes y a colmar de datos sus cuadernos de notas; terminada esta fase, aparte de si las fuentes y cuadernos de apuntes, y escribe el libro de principio a fin. Para Carr, esta es una imagen poco convincente y nada plausible. En lo que a él respecta, se pone a escribir, no forzosamente por el principio, sino por alguna parte, por cualquiera. Luego leer y escribir van juntos. La lectura viene guiada y dirigida por la escritura, “cuanto más escribo, más sé lo que voy buscando, mejor comprendo el significado y la relevancia de los que hallo”.
La relación del historiador con los hechos históricos, lo coloca, por tanto, navegando sutilmente en una insostenible teoría de la historia como compilación objetiva de los hechos, en una injustificada primacía del hecho sobre la interpretación; y la otra opción teórica de la historia, igualmente insostenible, en donde como producto subjetivo de la mente del historiador, se fijan los hechos históricos y los domina merced al proceso interpretativo. Esta dicotomía estará siempre presente.
El historiador no es el humilde siervo ni el tiránico dueño de sus datos. La relación entre el historiador y sus datos es de igualdad, de intercambio. Todo historiador activo sabe, si se detiene a reflexionar acerca de lo que esta haciendo, piensa y escribe; el historiador se encuentra en trance continuo de amoldar sus hechos a su interpretación. Cuando se encuentra en el proceso de selección, ordenación e interpretación, va sufriendo, parcialmente de manera inconsciente, consecuencias de lo que va analizando. Esta extraña reciprocidad entre el pasado y el presente, es porque el historiador es parte del presente; el historiador y los hechos de la historia se son necesarios, sin ellos carece de raíces; y los hechos, sin el historiador, están muertos, carecen de sentido.


Los testimonios

“Herodoto de Turios expone aquí el resultado de sus búsquedas, para que las cosas hechas por los hombres no se olviden con el tiempo y que las grandes y maravillosas acciones llevadas a cabo tanto por los griegos como por los bárbaros no pierdan su esplendor”[12]. De este modo, empieza el libro más antiguo de la historia, no fragmentario, que en el mundo occidental haya llegado hasta nosotros.
Las fuentes narrativas, es decir, los relatos deliberadamente dedicados a la información de los lectores, no han dejado nunca de prestar una preciosa ayuda al investigador. Son las únicas que proporcionan un encuadre cronológico casi normal y seguido. Dentro de los testimonios, en los testigos sin saberlo, es donde la investigación histórica, ha puesto más su confianza.
No es que documentos de este tipo estén exentos de errores o mentiras en mayor medida que los otros. Pero sin la premeditación concebida, que deja caer el pasado a lo largo de su ruta, nos permiten suplir narraciones, cuando no las hay, o contrastarlas si su veracidad es sospechosa. Sin su socorro veríamos inevitablemente al historiador convertirse en prisionero de los prejuicios, de la falsa prudencia, de la miopía que sufrieron esas mismas generaciones desaparecidas sobre las que se inclina. Veríamos a la historia, dejar de ser la exploradora cada vez más arrojada de las edades pasadas para venir a ser eterna e inmóvil alumna de sus crónicas.
No sólo eso, sino hasta en los testimonios más decididamente voluntarios, lo que nos dice el texto ha dejado expresamente de ser, hoy, el objeto preferido de nuestra atención. Nos interesamos, por lo general, por lo que se nos deja entender sin haber deseado decirlo.
Es nuestra inevitable subordinación al pasado, condenados, como lo estamos, a conocerlos únicamente por sus rastros, por lo menos hemos conseguido saber mucho más acerca de él que lo que tuvo a bien dejarnos dicho. Desde el momento en que ya no nos resignamos a registrar pura y sencillamente los dichos de nuestros testigos, desde que nos proponemos obligarlos a hablar, contra su gusto, se impone un cuestionario. Tal es, en efecto, la primera necesidad de toda búsqueda histórica bien llevada.
Muchas personas creen que la historia se resigna sólo a los documentos, entre ellos, incluimos a muchos historiadores; pero su especialidad, además de reunirlos y leerlos, es pesar su autenticidad y su veracidad. Por que los textos, o los documentos arqueológicos, aún los más claros en apariencia y los más complacientes, no hablan sino cuando se sabe interrogarlos. Toda investigación histórica presupone, desde sus primeros pasos, que la encuesta tenga ya una dirección. En el principio está la inteligencia. Nunca, en ninguna ciencia, la observación pasiva –aun suponiendo por otra parte, que sea posible- ha producido nada fecundo. Pero no nos engañemos, este cuestionario esta dictado por experiencias anteriores que han inscrito en el cerebro de los cuestionadores, prejuicios, llevados por la tradición. No se es nunca tan receptivo como se cree. No se puede dar peor consejo a un principiante que espere, en actitud de aparente sumisión, la inspiración del documento, por ello más de una investigación a caído en la insignificancia.
La facultad de escoger es necesaria, pero tiene que ser extremadamente flexible, susceptible de recoger, en medio del camino, multitud de nuevos aspectos, abierta a todas las sorpresas, de modo que pueda atraer desde el comienzo todas las limaduras del documento, como un imán. El itinerario establecido por un explorador antes de su salida no será seguido punto por punto; pero, de no tenerlo, se expondrá a errar eternamente.
La diversidad de los testimonios históricos es casi infinita. Todo cuanto el hombre dice o escribe, fabrica y toca, el historiador debe informarnos acerca de él. Muchos extraños a nuestra ciencia, continúan atados a los testimonios voluntarios, reprochando a la historia tradicional el dejar en la sombra fenómenos, que eran de mayor consecuencia y capaces de modificar la vida próxima de todos los acontecimientos políticos. Hay que tener paciencia. La historia no es como debería ser, no se le puede cargar, con el peso de los errores, que pertenecieron a una historia mal comprendida.
Sería una gran ilusión imaginarse que cada problema histórico, se vale de un tipo único de documentos, especializados en este empleo. Al contrario, cuanto más se esfuerza la investigación por llegar a los hechos profundos, le llegarán mas testimonios de diversa naturaleza. Para el mejor entendimiento de las sociedades de hoy, será necesario interpretar el balance de un banco, un texto, o cómo están constituidas las máquinas y como es su funcionamiento. Y si casi todo el problema humano importante necesita el manejo de testimonios de tipos opuestos, es, al contrario, de toda necesidad, que las técnicas eruditas se distingan según los tipos de testimonio. Su aprendizaje es una práctica, larga y constante.
Son pocas las ciencias, las que están obligadas a usar simultáneamente tantas herramientas dispares. Y es que los hechos humanos son de lo más complejos, y el hombre se coloca en el extremo de la naturaleza. Es indispensable y útil, que el historiador posea, al menos, una noción de las principales técnicas de su oficio. Aunque sólo sea para medir la fuerza y dificultad de su manejo.
Aun así, la gran variedad de conocimientos en los mejores investigadores, tendrán siempre un límite. Entonces no queda otro remedio que sustituir la multiplicidad de aptitudes en un mismo hombre, por una alianza de técnicas practicadas por diferentes eruditos, pero dirigidas todas ellas a la elucidación de un tema único. Este método supone la aceptación de trabajo en equipos. Además de la definición previa de los problemas dominantes. Aunque el logro de este proceso esta muy lejos, es la ruta de nuestro porvenir social.

Una de las tareas más difíciles con las que se enfrenta el historiador es la de reunir los documentos que cree necesitar. No lo lograría sin la ayuda de diversos guías: inventarios de archivos o de bibliotecas, catálogos de museos, repertorios bibliográficos de toda índole. Lo que hay que sentir, en verdad, es que no podamos tener en nuestras bibliotecas una mayor cantidad de estos instrumentos (cuya enumeración, materia por materia, pertenece a los libros especiales de orientación) y que no sean todavía lo bastante numerosos, sobre todo para las épocas menos alejadas de nosotros.
Serviría de poco a un investigador, que no tuviese por adelantado, una idea del terreno a explorar. En contra de lo que suelen imaginarse los principiantes, los documentos, no surgen aquí y allá; su presencia o ausencia, en las bibliotecas o archivos, dependen de causas humanas que no escapan el análisis, y los problemas que plantea su trasmisión, lejos de tener únicamente el mero alcance de ejercicios técnicos, rozan lo más íntimo de la vida del pasado, porque lo que se encuentra así puesto en juego es nada menos que el paso del recuerdo a través de las generaciones. El espectáculo de la investigación, con sus éxitos y fracasos, no es casi nunca aburrido. Lo acabado es lo que destila pesadez y tedio.
La mayoría de los grandes desastres de la humanidad han sido en contra de la historia. Montones de manuscritos literarios e historiográficos , se han hundido en la marea de las guerras, invasiones o luchas civiles. Sin embargo, la apacible continuidad de una vida social, sin accesos de turbulencia, es mucho menos favorable de lo que a veces se cree a la trasmisión del recuerdo. Por ejemplo en los antiguos archivos municipales o judiciales, encontramos documentos de quiebras de empresas que, si hubiesen seguido disfrutando de una existencia fructuosa y honorable, hubiesen acabado por destruir el contenido de sus legajos.
Pero se hace necesario, para evitar que sigan ocurriendo “desastres en la documentación histórica”, que las sociedades organicen racionalmente, con su memoria, su conocimiento propio, renunciando a dejar este cuidado a sus propias tragedias. No lo lograrán sino luchando cuerpo a cuerpo con los dos principales responsables del olvido y la ignorancia: la negligencia, que extravía los documentos, y, más peligrosa todavía, la pasión del secreto –diplomático, de negocios, de las familias-, que los esconde o los destruye. Es natural que el notario tenga el deber de no revelar las operaciones de su cliente, pero no que se le permita envolver en el mismo impenetrable misterio los contratos realizados por los bisabuelos de su cliente, cuando, por otra parte, nada les impide dejarlos convertirse en polvo. Las grandes empresas no deberían negarse, a hacer públicas sus estadísticas más indispensables para una sana conducta de la economía nacional. Nuestra civilización habrá realizado un inmenso progreso el día en que el disimulo, erigido en método de acción y casi en virtud burguesa, ceda su lugar al gusto por el informe, es decir, a los intercambios de noticias.
La pérdida, conservación, accesibilidad o inaccesibilidad de los testimonios, tiene su origen a fuerzas históricas de carácter general. Entre las causas que llevan al éxito o al fracaso en la búsqueda de documentos y los motivos que nos hacen deseables estos mismos documentos no hay de ordinario nada en común: tal es el elemento irracional, imposible de eliminar, que da a nuestras investigaciones, límites, y que los conduce a su destrucción. Otro elemento es la migración de los manuscritos, ya sea por su copia, la negligencia de bibliotecarios o su paso desorbitado por infinidad de bibliotecas, son los que conducen a su pérdida. Por ello, existe en el fondo de casi toda búsqueda documental un residuo de sorpresa y, por ende, de aventura.
Existía la pregunta, si había una oposición de técnicas entre el conocimiento del pasado humano y del presente. Evidentemente, el explorador de lo actual y el de épocas lejanas manejan, cada uno a su manera, las herramientas de que disponen; según los casos, uno u otro tiene ventajas: el primero toca la vida de manera inmediata, más sensible; el segundo, en sus indagaciones, dispone de medios que, muchas veces, le son negados a aquél. Pero cualquiera que sea la edad de la humanidad que el investigador estudie, los métodos de observación se hacen, casi con uniformidad, sobre rastros y son fundamentalmente los mismos.

Hace mucho que se está de acuerdo en no aceptar ciegamente todos los testimonios históricos, no todas las narraciones son verídicas y a su vez, las huellas materiales pueden ser falsificadas. Sin embargo, el escepticismo, como principio, no es una actitud ni más fecunda que la credulidad con la que, por otra parte, se combina fácilmente en muchos espíritus simplistas.
De la misma manera, la crítica basada en el sentido común, que fue durante mucho tiempo, la única practicada, y que todavía seduce, no podía llevarnos muy lejos. El sentido común, está compuesto de postulados no razonados y de experiencias apresuradamente generalizadas. El verdadero progreso surgió el día en que la duda se hizo examinadora, cuando las reglas objetivas, elaboraron poco a poco la manera de escoger entre la mentira y la verdad.
Los documentos manejados por los primeros eruditos eran, la mayor parte de veces, escritos que se presentaban o que eran presentados, tradicionalmente, como de un autor o de un tiempo dado y que contaban deliberadamente tales o cuales acontecimientos. Pero a medida que la historia ha sido llevada a hacer un empleo cada vez mas frecuente de los testimonios involuntarios, dejó de poder limitarse a calibrar las informaciones explícitas de los documentos. Fue necesario también sonsacarles los informes que al parecer no podían suministrar.
El historiador, no se ha vuelto crédulo. Sabe que sus testigos pueden equivocarse y mentir. Pero ante todo se esfuerza por hacerles hablar, por comprenderlos. Uno de los rasgos del método crítico es haber seguido guiando la investigación en un terreno cada vez más amplio sin calificar nada de sus principios. Sin embargo, no puede negarse que el falso testimonio fue el excitante que provocó los primeros esfuerzos de una técnica dirigida hacia la verdad. Sigue siendo el punto desde el cual ésta debe necesariamente partir para desarrollar su análisis.

De todos los venenos capaces de viciar un testimonio, la impostura es el más violento. Asumiendo dos formas, el engaño acerca del autor y de la fecha: la falsedad (en el sentido jurídico de la palabra); y luego viene el engaño sobre el fondo. La mayoría de escritos dados bajo un nombre supuesto mienten también por su contenido.
Testimonios insospechables en cuanto a su proveniencia no son, por necesidad, testimonios verídicos. Pero antes de aceptar un documento como auténtico, los eruditos se esfuerzan tanto por pesarlo en sus balanzas que no siempre tienen el estoicismo después de sus afirmaciones. La duda vacila ante escritos que presentan el abrigo de garantías jurídicas impresionantes: actas públicas o contratos privados, por poco que estos últimos hayan sido solemnemente revalidados. Sin embargo ni los unos ni los otros son dignos de respeto.
Pero no basta darse cuenta del engaño, hay que descubrir sus motivos, aunque sólo fuera, ante todo, para mejor dar con él; mientras subsista la menor duda acerca de sus orígenes sigue habiendo en él algo rebelde al análisis, y por ende, algo probado a medias. Ante todo, tengamos en cuenta que una mentira, como tal, es a su manera un testimonio. He aquí donde la crítica, debe buscar, detrás de la impostura, al impostor; es decir, conforme con la divisa misma de la historia, al hombre. En ciertas personas, la mentira, aun asociada a un complejo de vanidad y de inferioridad, llega a ser un acto gratuito. Lo mismo que individuos, hubo épocas mitómanas, como por ejemplo la bonanza política y social tras la independencia americana, durante el siglo XIX. Los falsarios de documentos no se proponían otra cosa que asegurar un bien que le disputaban, o apoyar a las autoridades, o defender a los débiles contra los opresores, etc. O el plagio, en donde el analista, el hagiógrafo se apropiaba o apropia, sin remordimiento trozos enteros de escritores antiguos. Por ello el fraude por naturaleza, engendra fraude.
Existe una forma más insidiosa del engaño, en vez de la mentira brutal, completa y, si puede decirse, franca, el solapado retoque: interpolaciones en cartas auténticas, o el bordado de las narraciones, sobre un fondo aproximadamente verídico, de detalles inventados. Se interpola generalmente por interés, se borda muchas veces por adornar.
De la simulación pura y simple al error enteramente involuntario existen muchos matices aunque sólo sea en razón de la fácil metamorfosis con que el embuste más burdo y sincero se trueca, si la ocasión es propicia, en mentira habitual. Inventar supone un esfuerzo que repugna a la pereza espiritual, común a la mayoría de los hombres. ¿No es más cómodo aceptar complacidamente una ilusión, espontánea en su origen, que halaga al interés del momento?.
No es menos cierto que muchos testigos se equivocan de buena fe. Es aquí, donde el historiador aprovecha los resultados, que genera ello. Desde hace un tiempo, la observación en vivo, ha forjado una disciplina nueva: la psicología del testimonio. En sentido absoluto, no existe el buen testigo; no hay más que buenos o malos testimonios. Dos órdenes de causas, principalmente, alteran hasta en el hombre mejor dotado la veracidad de la imágenes cerebrales. Unas dependen del estado momentáneo del observador: la fatiga, por ejemplo, o la emoción; otras, del grado de su atención. Con pocas excepciones, no se ve, no se oye bien sino lo que se quiere percibir. Además, muchos acontecimientos históricos no han podido ser observados sino en momentos de violenta conmoción emotiva, o por testigos cuya atención fuera solicitada demasiado tarde, si había sorpresa, o retenida por la preocupaciones de la acción inmediata, era incapaz de fijarse suficientemente en aquellos rasgos a los que el historiador atribuiría hoy, y con sobrada razón, un interés preponderante.
La historia, debe estar provista de explicaciones, de lo contrario, se reduciría a una lista de burdas anotaciones, sin gran valor intelectual. Las únicas causas que la psicología del testimonio estigmatiza por su frecuente incertidumbre son los antecedentes muy inmediatos. Un gran acontecimiento puede compararse a una explosión. Las causas dentro de la historia, no se ocultan sólo a la observación de nuestros interrogados, sino también a la nuestra. Ellas constituyen, en sí, la parte privilegiada de los imprevisible de la historia (el azar).
Eminentemente variable, de individuo a individuo, la facultad de observación no es, tampoco, una constante social. Si los errores del testimonio fueran determinados, sólo por las debilidades de los sentidos o de la atención, el historiador no tendría en suma, más que abandonar su estudio psicológico. Pero más allá de estos accidentes, los errores se remontan a causas mucho más significativas de una atmósfera social particular. Por esta razón adquieren a menudo, a su vez, como la mentira, un valor documental. El error esta casi siempre orientado de antemano, toma vida a condición de estar de acuerdo con los prejuicios de la opinión común; entonces se convierte en el espejo donde la conciencia colectiva contempla sus propios rasgos. La obediencia al prejuicio universal ha triunfado sobre la exactitud en muchos procesos históricos, y su testimonio, como tantos otros, no nos informa de lo que vio en realidad, sino de lo que, en su tiempo, se creía ver con naturalidad. Para que el error de un testigo venga a ser el de muchos hombres, para que una observación equivocada se metamorfosee en falso rumor, es necesario que el estado de la sociedad favorezca esa difusión.
La historia ha conocido más de una sociedad regida en gran escala por condiciones análogas, con la diferencia de que, en vez de ser el efecto pasajero de una crisis excepcional, representaban la trama normal de la vida. Gracias a crónicas monásticas o gentes de paso que servían de informadores, estas sociedades fueron siempre buen medio de cultivo da las falsas noticias. Las relaciones frecuentes entre los hombres hacen fácil la comparación entre diversos relatos, excitan el sentido crítico; por el contrario, se cree fervientemente al narrador que, a largos intervalos y por difíciles caminos, trae rumores lejanos.
Por el mundo existen eruditos que se empeñan en buscar el término medio en informaciones antagónicas, un acontecimiento puede ser y no al mismo tiempo, y queda por escoger entre los desechado y lo que debe subsistir. Pero nuestra razón rehusa admitir que dos observadores colocados necesariamente en dos puntos distintos del espacio y dotados de facultades de atención desiguales hayan podido notar, punto por punto, los mismos episodios; al igual que no aceptaría que dos escritores, trabajando independientemente el uno del otro, hubieran fortuitamente escogido los mismos términos, entre las innumerables palabras del idioma, y los hubiesen reunido de la misma manera para contar de las mismas cosas. Si las dos narraciones aseguran haberse basado directamente en la realidad, es necesario que una de ellas falte a la verdad.
Así, la crítica se mueve entre dos extremos: la similitud que justifica y la que desacredita. Porque el azar de los encuentros tiene sus límites y la armonía social está hecha de mallas poco tirantes. Se necesita una espontánea repetición, para poder concebirlo; la crítica al testimonio se apoya es una instintiva metafísica de lo igual y lo desigual, de los uno y lo múltiple.
Para que un testimonio sea reconocido como auténtico hemos visto que el método exige que presente una cierta similitud de los testimonios vecinos. Sin embargo, si aplicara este precepto al pie de la letra, ¿qué sería de los descubrimientos?. Quien dice descubrimiento, dice sorpresa, dice semejanza. La práctica de una ciencia que se limitara a comprobar que todo sucede siempre tal como se esperaba no serviría para gran cosa.
La impresión de una contradicción entre un documento nuevo y otros conocidos puede no tener otro fundamento que nuestra ignorancia. Pero puede suceder que el desacuerdo esté auténticamente entre las cosas. La uniformidad social no tiene bastante fuerza como para que ciertos individuos o pequeños grupos puedan escapar a ella. El razonamiento de las semejanzas no pierde sus derechos, importa que un análisis más exacto discierna los saltos posibles y los puntos de similitud necesarios. La comparación crítica bien entendida no se satisface con aproximar testimonios en un mismo plano temporal, la variedad histórica es fundamental.
Para verificar la probabilidad de un acontecimiento pasado, el historiador se transporta por un audaz movimiento de espíritu, ante este mismo acontecimiento para medir su certeza. La probabilidad vive en el porvenir, pero la línea del presente ha sido, en cierta manera, imaginariamente retirada hacia atrás, de tal modo que es un porvenir de antaño construido con un fragmento de lo que actualmente es, para nosotros, el pasado. La mayoría de los problemas de la crítica histórica son, ante todo, problema de probabilidad, pero de tal magnitud que el más sutil de los cálculos debe confesarse incapaz de resolverlos. No se trata solamente de la complejidad de los datos, sino del límite de inaccesible de nuestra lógica, a pedirle que nos ayude lo mejor que pueda a analizar nuestros razonamientos y a conducirlos de mejor manera.
Gracias a la elaboración de la crítica del testimonio, una nueva ruta hacia la verdad y, por ende, hacia la justicia, se formará en el presente y en el futuro sobre el desarrollo histórico.



BIBLIOGRAFÍA


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- “Guía del Archivo Histórico”. Archivo General de la Nación. Lima, A.G.N., Ministerio de Justicia. 1997.
- “Los archivos históricos del Perú: Reseña y Guía bibliográfica”. En Revista del Museo Nacional. De Pedro Guibovich y Jorge Blanco. Lima, T. XLIX, páginas 367 – 415. 2001.
- “Panorama de los Archivos del País”. Del Instituto Nacional de Estadística e Informática. Lima, INEI, AGN, Dirección Nacional de Desarrollo Archivístico y Archivo Intermedio. 1999.
- “Guía del Archivo Histórico de Límites”. Ministerio de Relaciones Exteriores. Lima, Ministerio de RR.EE., Dirección de Fronteras y Límites. 1994.
- “Fuentes históricas Peruanas (apuntes de un curso universitario)”. De Raúl Porras Barrenechea. Lima, U.N.M.S.M., Instituto Raúl Porras Barrenechea. 1968.
- “La aventura del trabajo intelectual. Cómo estudiar e investigar”. De Armando Zubizarreta. Segunda Edición. México. Fondo Educativo Interamericano. 1986.
- “La investigación histórica: teoría y método”. De Julio Aróstegui. Sección tercera: Los instrumentos del análisis histórico, capítulo 8: el proceso metodológico y la documentación histórica. Editorial Crítica, España, 1995.
- "¿Qué es la historia?”. De Edward H. Carr. Capítulo I: El historiador y los hechos. Editorial Planeta – De Agostini, México, 1985.
- “Introducción a la historia”. De Marc Bloch. Capítulo II: La observación histórica, capítulo III: La crítica. Editor Fondo de cultura económica, México, 1967.


[1] 1968. Porras Barrenechea, Raúl. “Fuentes Históricas del Perú”. Página 125.
[2] Las fechas que figuran entre paréntesis son los años de publicación de las obras referidas.
[3] 1968. Porras Barrenechea, Raúl. “Fuentes históricas del Perú”. Página 306.
[4] De 1830 a 1834 se llamó El Conciliador, en 1834 EL Redactor, en 1835 fue La Gaceta del Gobierno, de 1837 a 1839 fue El Eco del Protectorado. En la época de la ocupación chilena se le llamo La Situación y La actualidad, para retomar el nombre de El Peruano.
[5] Se debe distinguir la nacionalidad del viajero, su actividad, sexo, gustos individuales, profesión y la época histórica en que escribió su relación.
[6] 2001. Guibovich y Blanco. “Los archivos históricos del Perú”. Página 373.
[7] 1997. INEI. “Panorama de los archivos en el país”. Página 377.
[8] 1997.AGN. Guía Del Archivo Histórico. Esta dirección es la encargada de acopiar, conservar, organizar, describir y servir de documentación proveniente de los órganos de los poderes del Estado, Gobiernos Locales y Notarías, declaradas de valor permanente, correspondiente a los siglos XIX y XX. También conserva documentación de Archivos Privados, (...) llamados colecciones. Página 47.
[9] Periódicos como: El Peruano (1827 – 1969), El Comercio (1901 – 1959), La Gaceta Judicial (1861 – 1893), El Diario Judicial (1890 – 1912), La Prensa (1918 – 1919), otros (siglos XIX – XX).
[10] “¿Qué es la historia?”. Edward Carr. Página 9.
[11] Ibíd. Página 10.
[12] “Introducción a la historia”. Marc Bloch. Página 51.

2 Comments:

At 9:20 p. m., Blogger hmansillavillena said...

Estimado Sr.Vexler
Mucho agradeceré a Ud.informar si en Archivo Histórico de Límites,Sección Colonial,CHILOE,1786-1824 se dispone de índice o catálogo de los documentos que allí se conservan y cómo puedo acceder a ellos para posteriormente solicitar fotocopias.
Saluda Atte. Heriberto Mansilla-Villena Villena,Casablanca,Chile.

 
At 11:45 a. m., Blogger Cavalo Marinho Edicoes de Imagens said...

Por favor preciso de fotos do trabalho de Francisco Laso para apresentação na universidade, estou encontrando muito pouco sobre este artista se puder me judar fico muito agradecido.
Atenciosamente
Valdecir - Artes Visuais - São Paulo-Brasil
www.artesvisuais2semestre.blogspot.com

e-mail: cavalomarinhoimagens@yahoo.com.br

 

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